viernes, 3 de marzo de 2017

Cerca viva

“Yo creía que las ciudades eran lo importante y que el campo en cambio no era nada, pero hoy pienso que más bien es todo lo contrario. Lo que ocurre es que el trabajo del campo lleva muchísimo tiempo, ha de hacerse poco a poco, por sus pasos contados, exactamente cuando toca, ni antes ni después, y así parece como si en realidad no hubiera habido un gran cambio… por eso la gente del campo es tan distinta: más callada y más conforme”, Joan a Onofre Bouvila.


Amanecer de hoy 03-03-2017

La idea anterior no es mía, es de mi tocayo español Eduardo Mendoza. Se la leí en “La ciudad de los prodigios” que recientemente me regaló mi mamá. La retomo aquí porque me viene como anillo en trompa de cuche para lo que quiero escribir: el cuento de la cerca viva.

Hace cinco años cuando comencé a trabajar en La antena. Es decir a trabajar por mi cuenta, en Tamarindo, mi proyecto de vida, que a unos divierte y a otros llena de orgullo. De lo primero que me toco hacer fue una cerca.

Una demarcación de terreno. Casi media manzana. Cómo delimitar ese espacio. Mi espacio. Con qué. A mí nunca me han gustado los muros, pior los de concreto, por eso es que la idea del tío Trump no me llega en absoluto.

Encuentro feo cuando veo escuelas cercadas con bloques de cemento y encima alambre razor. Quedan pareciendo penales y no centros de estudio para crianzas.

Sé que en paisitos como el nuestro este tipo de construcciones se hace por seguridad, sin embargo para mí, que me digo en un proceso de desprendimiento de lo material, esa preocupación quedaba en segundo plano.

“Tal vez más adelante”, pensé, pero ahora estoy seguro que no voy a invertir en semejante obra.

Wild Passion Fruit

Lo que hice fue una cerca viva, un cerco que se fortalece con el tiempo. Un muro que demanda trabajo todos los años. No es un montón de concreto muerto el que me rodea. Son árboles, arbustos, charrales y otras plantas vivas que crecen, dan frutos, mueren y renacen.

Son además el hogar de aves, cherenqueques, arañas… Todos parte de la misma naturaleza. Todos necesarios y combinados.

Este tipo de cerco se rige bajo los principios de la permacultura que significa agricultura permanente. Cambia su rostro con el tiempo y con cada época del año. En la época de lluvia es verde y frondoso, cuando para de llover el follaje se seca y cae. Con el tiempo esa materia vegetal se convierte en abono. Se transforma. Regresa a la planta. A un nuevo ciclo.

Mi cerca tiene cinco años y usé la vegetación propia de la zona, como debe ser. En los cerros de Cabañas, donde vivo, la temperatura es templada. No hace frio como en Ataco y tampoco hierve como en La Unión. No es Vermont y tampoco Bahía.

Aquí abundan los jiotes, tempates, pitos, izotes, piñal… todas estas plantas además de formar un cerco dan alimentos o tienen alguna utilidad.

De los jiotes hacen cruces en mayo, la leche del tempate es buena para el fuego labial, de los pitos se hacen tortitas y se echan en la sopa -además de ser un excelente somnífero natural-, el izote nos da la flor nacional que es deliciosa y el piñal merece un párrafo aparte.

Nido de tortolitas

Es fabuloso. Como cerco se tupe cuando va echando los hijos, no hay chucho que no lo piense antes de intentar entrar. Como alimento puede darnos tres variantes. Si cortamos y pelamos un hijo de piña tierno a eso se le llama polla. Luego hay un momento que la mata de piña se pone colorada del centro, se trata del fruto recién nacido al que le decimos motate.

Ambos son buenísimos en sopa o guisados. Son tan gourmet como el palmito, un tallo comestible que tienen algunas palmas y que venden envinagrado en los supermercados como a $7 el bote.

Si se deja la polla en la mata con el tiempo se convierte en piñuela. Salvadoreño que se respeta conoce el atol de piñuela y no me dejara mentir que es rerico y esquisioso.

La vida en el piñal

Marzo y abril son los meses indicados para trabajar en la cerca viva. Como le dijo Joan a Onofre: el trabajo del campo ha de hacerse poco a poco, por sus pasos contados, exactamente cuando toca.

La sabiduría popular y tradición oral dictan que es el tiempo adecuado.

Pues bueno, estoy en esas labores, y después de cinco años siento una gran satisfacción de haber adquirido este conocimiento y poder compartir.

Los nuevos jiotes esperando ser plantados

domingo, 12 de febrero de 2017

Ambulantes

Contar historias puede convertirse en un viaje donde por momentos te metés tanto que confundís si estás en tu vida o en la de tus personajes. Tus situaciones, sus espacios, tus miedos, sus glorias… una doble vida, en doble plano.

Contar historias en audiovisual debe ser entonces una situación llena de imágenes y sonidos. Quien da a luz a esas historias las ve y oye primero sólo en su cabeza y tiene el reto de transmitirlas a un equipo y una audiencia. 

Eso platicaba hace poco con Ricardo Landaverde, quien junto a más gente talentosa nos van a contar una historia en la pantalla grande a finales de año.

Están realizando “Ambulantes”, un largo made in El Salvador del que intento aquí contarles un poco.


Premio Pixels creado en administración Funes.

Pues resulta que hace unos ocho años existen los Pixels, unos premios, patrocinados por el Ministerio de Economía, que son un estímulo en plata a la creación audiovisual en el país. En sus palabras un apoyo a la industria creativa.

Enfocados en animación en su inicio, los premios inician en 2014 el apoyo a otro tipo de audiovisuales. Cortos, Largos, Experimentales…

El año pasado Ambulantes fue uno de los seis ganadores en la categoría audiovisuales y desde entonces hay un grupo de gente, muchos de Sensuntepeque, que están trabajando en la peli.

Junto con Arturo Reyes, con quien Ricardo se postuló a los Pixels, se funda en noviembre pasado Cayaguanca, una empresa con todos sus registros, haberes y deberes para producir Ambulantes.

La historia se ha venido desarrollando desde un corto llamado Taxiderales.

Ahora parece que ya hay un primer guion, co-escrito entre Ricardo y Leonel Novoa.

Ricardo me adelanto algo de la historia. Dice que inicia con un choque entre cuatro vehículos: un bus, una coster, un taxi y un sedán. La situación es confusa y todos los involucrados son detenidos. Hay cuatro versiones, cuatro puntos de vistas, cuatro historias unidas por ese choque.

Cómo recrear un choque... he ahí el dilema

Estefany Escobar, otro talento en cine de mi pueblo, también trabajará en la producción de la película. Ricardo me contó un poco del proceso de creación del crew y que con la lectura del guion, en los próximos días, inicia la pre-producción.

A inicio de mes hubo audiciones en La Casa Tomada, donde funciona la ASCINE presidida por André Guttfreund, el único salvadoreño en ganar un premio Oscar, en 1977 por el cortometraje “In the Region of Ice”.

Aquella noche que los visité, los cayaguanca (Ricardo y Arturo) me contaron muchas cosas del proceso y lo entusiasmados que están con el film. Ni todas se pueden contar aquí pero puedo decir que Arturo será un gran administrador y que Ricardo nos contará con arte sus historias.

Con Ricardo nos quedamos viendo una peli, como hace tiempos cuando éramos universitarios y compartimos apartamento.

La historia era de un desaparecido y las versiones de los involucrados. Una película japonesa de los años 50, que no recuerdo el nombre. Que sí recuerdo cautivadora, llena de imágenes y sonidos que me trasladaron a ese otro plano, el de la otra historia.

“No puedo dejar de pensar en la película”, me confesó Ricardo. Para mí que eso es buena señal. Suerte papa. 

lunes, 9 de enero de 2017

Exilio

Si somos tiempo habría que estudiarlo, hacer capítulos, entenderlo, como hacer una cuenta, qué año nací, qué siglo es, qué pasa a mi alrededor, qué hago en este lugar ¿Por cuánto tiempo? ¿Disponemos plenamente de nuestro tiempo? Imagine si fuera obligado a vivir en otro lugar, unos ocho, diez o hasta 12 años.

Ambos tenían 25 años cuando fueron desplazados. Ahora sobrepasan los 50

Si fuera un exiliado, quisiera entender las condiciones que me llevan a huir y estar lejos. Una búsqueda a la membrana del por qué.

A mis treinta y cuatro junios me interesa saber lo ocurrido en mí pasado por ejemplo, aunque no me haya pasado precisamente a mí. Saber lo ocurrido, para que me ayude a interpretar mejor lo que se viene.

En los próximos días se cumplen 25 años de la firma de paz en El Salvador, la cora. Una guerra civil (1980 – 1992) que hizo daño y heredó desgracias. Yo repito que no recuerdo nada de esos años, pero hay algo que me obliga a no ser indiferente a unos hechos tan dramáticos de los que sin duda puedo aprender.

La semana pasada se me presentó una grandísima oportunidad para tomarme una dosis de memoria histórica y en este contexto de aniversario no pensaba desaprovecharla. Mi regalo en tan magna fecha.

Una experiencia tremenda. Un campamento. Un espacio y un momento para recordar en Mesa Grande, Honduras, los tiempos de refugiado. Cuando miles de salvadoreños huyeron para encontrar la tranquilidad que en El Salvador se les negaba y para salvar la vida a causa de decisiones equivocadas y malvadas.

Fui con mis primos quienes nacieron con ayuda de parteras en uno de los tantos campamentos instalados en esa llanura rodeada de pinos en el municipio de San Marcos, departamento de Ocotepeque.

Mis primos viven ahora en El Zapote, cerquita de Santa Marta, esa comunidad en los cerros de Victoria que representa en Cabañas una excelente experiencia de desarrollo comunitario pos conflicto armado.

De Santa Marta salimos en excursión al menos dos buses, dos microbuses, un pick up y que se yo cuántos vehículos más.

Tantos recuerdos de aquel lugar sobreviven en miles de salvadoreños principalmente de los poblados fronterizos con el occidente hondureño, sitios como la comunidad Milingo, en Suchitoto, y el municipio de Tenancingo en el departamento de Cuscatlán. De varios lugares de Chalatenango, entre ellos San Antonio Los Ranchos.

De tantos lugares… le ayudé a armar la tienda de campaña a una familia de algún sitio en La Libertad. Calculamos fríamente con mi primo que había al menos 1200 almas. Le sugerí que censáramos aquel pueblo de gente, sin duda un dato valioso, pero resultaba un tedio en medio de un verdadero día de camping.

Muchos jóvenes. Los hijos de los exiliados.

Llegados a Mesa Grande nos espera un grupo de seis militares hondureños, una venta de papas fritas y baleadas y un juego de tiro al blanco. Desde las diez de la mañana no ha parado de llegar gente de El Salvador. Se apean de los carros y se instalan en las pocas sombras del potrero.

Lo primero es armar las tiendas de campaña, después se saca el machete y los hombres van a buscar leña mientras las mujeres disponen la hornilla. “Ya está el almuerzo”, pero nadie está obligado a comer, todos se han dispersado, saludando, conociendo el lugar, descansando.

“Ajá que van a comer los González”, dice una amiga de la familia a quien inmediatamente se le ofrece de comer, después de saludos y bromas la amiga se despide porque “voy de paso, quiero saber si hay agua y saludar aquellos que ya les eche el ojo”.

Todos están pendientes de quien va llegando. De dónde serán, habrá venido fulano o mengano. También uno se puede distraer tomándose un trago, recordando con el compadre o los parientes las ocasiones anteriores.

En este campamento no hay un staff o un grupo encargado, cada quien se instala dónde puede. Hay una organización del evento que no se ve y que se desarrolla como afluente de río. Los vecinos de ese día se ayudan, de la misma forma que lo hicieron hace más de 30 años cuando compartían una carpa en el campamento de refugiados.

Lo siguiente es el Recorrido. El famoso recorrido consiste en caminar una amplia extensión de terreno donde se formó un pueblo de refugiados salvadoreños que eran asistidos por la ACNUR, institución de la ONU que calculó que en un momento hubo unos 30 mil salvadoreños desplazados en Honduras.  

Uno de los principales destinos del recorrido es el cementerio. Mientras se camina los más viejos cuentan las historias. Comienzan diciendo la edad que tenían. Las actividades diarias y las características de las personas con las que convivían. Al llegar al cementerio hay que encontrar la tumba del pariente y ofrecer unas flores.

Dos hermanos buscan desesperados la tumba de su madre. Otros, llegados desde Estados Unidos, muestran a sus hijos la tumba del tío o tía que nunca conocieron, ni siquiera por fotos, pero que sus padres recuerdan con tanto cariño.

1986, el año que más se repetía en las cruces del cementerio. Esta es del 85.

Pero el recorrido sigue, hay quien se va directo donde estuvo su casa, el taller donde aprendió hacer hamacas, a la cancha donde jugaba pelota. Los límites, es otra cosa presente en los relatos. Había un punto donde ya no se podía pasar. Desobedecer esa restricción podía causar la muerte.

“Estábamos buscando manzanas pedorras y de repente nos habíamos salidos del límite permitido sin saberlo, los soldados hondureños eran bruscos o tenían órdenes de ser así, nos llevaron a todos los cipotes como si éramos prisioneros, hasta que nuestros papás nos fueron a reclamar”

En Mesa Grande había un hospital, una bodega, una iglesia, una escuela, había talleres de aprendizaje para hacer huacales de lámina, sombreros, hamacas, etc. “Solo quien no quiso no aprendió”, recuerda una amiga de Santa Marta.

"Pero y Usted que no es la hija de la Rosa", "sí yo soy".

Escenas más emocionantes se vivieron en los reencuentros. Unas pocas pistas bastaban para identificar a los amiguitos de infancia, vecinos de campamento o incluso amores pasajeros.

Una mujer cuenta una historia y una decena más escucha atentamente. Otra la observa y asiente en cada afirmación de la primera, luego se ríe sabiéndose cómplice de la oradora. La segunda mujer hace un comentario y la primera la observa fijamente. Luego sin ningún otro preámbulo le dice el nombre de su madre, caminan una hacia la otra, se toman de las manos y regresan juntas hacia el camping.

Mesa Grande hoy es un potrero donde deambulan algunas vacas. Al caminar uno encuentra señas de lo que un día fue una letrina, un horno para hacer pan, un pedazo de lata, un bote de medicina. El potrero está lleno de matas de espina y la resequedad de la época le da un tono desértico.

Caminamos por casi tres horas por los vestigios de los campamentos.

Al regresar del recorrido conocí a don Eulofio Ascencio, de 76 años y originario de San Felipe, un pequeño poblado cerca de Santa Marta, donde vivieron mis abuelos, mi madre y mis tíos. Él me cuenta que se terminó acostumbrando al campamento y que en aquel tiempo del retorno (1987-1992) algunos incluso no querían regresar.

Aprendió hacer sombreros y recuerda claramente a doña Mercedes, una señora de Tenancingo que les enseñaba. A la pregunta de por qué regresar, don Eulofio responde que a pesar de que fueron unos años difíciles fue además una experiencia más de vida, un tiempo que no tiene que olvidarse “porque uno siempre quiere volver donde ha vivido”.

Al responderme esto lo entiendo y entiendo el entusiasmo de mis primos y demás compatriotas que se juntaron aquella noche de enero.

Por la noche hubo documentales, un acto donde participaron los alcaldes de San Marcos (Honduras) y Suchitoto. Teatro, danza, una misa dirigida por el obispo Luis Quintanilla, de la iglesia católica magnifica no romana y una fiesta que aunque sosa nos puso a todos a mover el cuchumbo. 

Por la mañana una llovizna nos mojaba levemente, como caricia, una llovizna particular de la zona, particular de Mesa Grande que despedía con el viento del norte a quienes un día fuero sus hijos. 

P.D. Mis abuelos maternos (Blanca y Raúl) fueron los padrinos del primer casamiento de don Eulofio.

De noviembre a enero una llovizna moja la llanura de Mesa Grande.