lunes, 9 de enero de 2017

Exilio

Si somos tiempo habría que estudiarlo, hacer capítulos, entenderlo, como hacer una cuenta, qué año nací, qué siglo es, qué pasa a mi alrededor, qué hago en este lugar ¿Por cuánto tiempo? ¿Disponemos plenamente de nuestro tiempo? Imagine si fuera obligado a vivir en otro lugar, unos ocho, diez o hasta 12 años.

Ambos tenían 25 años cuando fueron desplazados. Ahora sobrepasan los 50

Si fuera un exiliado, quisiera entender las condiciones que me llevan a huir y estar lejos. Una búsqueda a la membrana del por qué.

A mis treinta y cuatro junios me interesa saber lo ocurrido en mí pasado por ejemplo, aunque no me haya pasado precisamente a mí. Saber lo ocurrido, para que me ayude a interpretar mejor lo que se viene.

En los próximos días se cumplen 25 años de la firma de paz en El Salvador, la cora. Una guerra civil (1980 – 1992) que hizo daño y heredó desgracias. Yo repito que no recuerdo nada de esos años, pero hay algo que me obliga a no ser indiferente a unos hechos tan dramáticos de los que sin duda puedo aprender.

La semana pasada se me presentó una grandísima oportunidad para tomarme una dosis de memoria histórica y en este contexto de aniversario no pensaba desaprovecharla. Mi regalo en tan magna fecha.

Una experiencia tremenda. Un campamento. Un espacio y un momento para recordar en Mesa Grande, Honduras, los tiempos de refugiado. Cuando miles de salvadoreños huyeron para encontrar la tranquilidad que en El Salvador se les negaba y para salvar la vida a causa de decisiones equivocadas y malvadas.

Fui con mis primos quienes nacieron con ayuda de parteras en uno de los tantos campamentos instalados en esa llanura rodeada de pinos en el municipio de San Marcos, departamento de Ocotepeque.

Mis primos viven ahora en El Zapote, cerquita de Santa Marta, esa comunidad en los cerros de Victoria que representa en Cabañas una excelente experiencia de desarrollo comunitario pos conflicto armado.

De Santa Marta salimos en excursión al menos dos buses, dos microbuses, un pick up y que se yo cuántos vehículos más.

Tantos recuerdos de aquel lugar sobreviven en miles de salvadoreños principalmente de los poblados fronterizos con el occidente hondureño, sitios como la comunidad Milingo, en Suchitoto, y el municipio de Tenancingo en el departamento de Cuscatlán. De varios lugares de Chalatenango, entre ellos San Antonio Los Ranchos.

De tantos lugares… le ayudé a armar la tienda de campaña a una familia de algún sitio en La Libertad. Calculamos fríamente con mi primo que había al menos 1200 almas. Le sugerí que censáramos aquel pueblo de gente, sin duda un dato valioso, pero resultaba un tedio en medio de un verdadero día de camping.

Muchos jóvenes. Los hijos de los exiliados.

Llegados a Mesa Grande nos espera un grupo de seis militares hondureños, una venta de papas fritas y baleadas y un juego de tiro al blanco. Desde las diez de la mañana no ha parado de llegar gente de El Salvador. Se apean de los carros y se instalan en las pocas sombras del potrero.

Lo primero es armar las tiendas de campaña, después se saca el machete y los hombres van a buscar leña mientras las mujeres disponen la hornilla. “Ya está el almuerzo”, pero nadie está obligado a comer, todos se han dispersado, saludando, conociendo el lugar, descansando.

“Ajá que van a comer los González”, dice una amiga de la familia a quien inmediatamente se le ofrece de comer, después de saludos y bromas la amiga se despide porque “voy de paso, quiero saber si hay agua y saludar aquellos que ya les eche el ojo”.

Todos están pendientes de quien va llegando. De dónde serán, habrá venido fulano o mengano. También uno se puede distraer tomándose un trago, recordando con el compadre o los parientes las ocasiones anteriores.

En este campamento no hay un staff o un grupo encargado, cada quien se instala dónde puede. Hay una organización del evento que no se ve y que se desarrolla como afluente de río. Los vecinos de ese día se ayudan, de la misma forma que lo hicieron hace más de 30 años cuando compartían una carpa en el campamento de refugiados.

Lo siguiente es el Recorrido. El famoso recorrido consiste en caminar una amplia extensión de terreno donde se formó un pueblo de refugiados salvadoreños que eran asistidos por la ACNUR, institución de la ONU que calculó que en un momento hubo unos 30 mil salvadoreños desplazados en Honduras.  

Uno de los principales destinos del recorrido es el cementerio. Mientras se camina los más viejos cuentan las historias. Comienzan diciendo la edad que tenían. Las actividades diarias y las características de las personas con las que convivían. Al llegar al cementerio hay que encontrar la tumba del pariente y ofrecer unas flores.

Dos hermanos buscan desesperados la tumba de su madre. Otros, llegados desde Estados Unidos, muestran a sus hijos la tumba del tío o tía que nunca conocieron, ni siquiera por fotos, pero que sus padres recuerdan con tanto cariño.

1986, el año que más se repetía en las cruces del cementerio. Esta es del 85.

Pero el recorrido sigue, hay quien se va directo donde estuvo su casa, el taller donde aprendió hacer hamacas, a la cancha donde jugaba pelota. Los límites, es otra cosa presente en los relatos. Había un punto donde ya no se podía pasar. Desobedecer esa restricción podía causar la muerte.

“Estábamos buscando manzanas pedorras y de repente nos habíamos salidos del límite permitido sin saberlo, los soldados hondureños eran bruscos o tenían órdenes de ser así, nos llevaron a todos los cipotes como si éramos prisioneros, hasta que nuestros papás nos fueron a reclamar”

En Mesa Grande había un hospital, una bodega, una iglesia, una escuela, había talleres de aprendizaje para hacer huacales de lámina, sombreros, hamacas, etc. “Solo quien no quiso no aprendió”, recuerda una amiga de Santa Marta.

"Pero y Usted que no es la hija de la Rosa", "sí yo soy".

Escenas más emocionantes se vivieron en los reencuentros. Unas pocas pistas bastaban para identificar a los amiguitos de infancia, vecinos de campamento o incluso amores pasajeros.

Una mujer cuenta una historia y una decena más escucha atentamente. Otra la observa y asiente en cada afirmación de la primera, luego se ríe sabiéndose cómplice de la oradora. La segunda mujer hace un comentario y la primera la observa fijamente. Luego sin ningún otro preámbulo le dice el nombre de su madre, caminan una hacia la otra, se toman de las manos y regresan juntas hacia el camping.

Mesa Grande hoy es un potrero donde deambulan algunas vacas. Al caminar uno encuentra señas de lo que un día fue una letrina, un horno para hacer pan, un pedazo de lata, un bote de medicina. El potrero está lleno de matas de espina y la resequedad de la época le da un tono desértico.

Caminamos por casi tres horas por los vestigios de los campamentos.

Al regresar del recorrido conocí a don Eulofio Ascencio, de 76 años y originario de San Felipe, un pequeño poblado cerca de Santa Marta, donde vivieron mis abuelos, mi madre y mis tíos. Él me cuenta que se terminó acostumbrando al campamento y que en aquel tiempo del retorno (1987-1992) algunos incluso no querían regresar.

Aprendió hacer sombreros y recuerda claramente a doña Mercedes, una señora de Tenancingo que les enseñaba. A la pregunta de por qué regresar, don Eulofio responde que a pesar de que fueron unos años difíciles fue además una experiencia más de vida, un tiempo que no tiene que olvidarse “porque uno siempre quiere volver donde ha vivido”.

Al responderme esto lo entiendo y entiendo el entusiasmo de mis primos y demás compatriotas que se juntaron aquella noche de enero.

Por la noche hubo documentales, un acto donde participaron los alcaldes de San Marcos (Honduras) y Suchitoto. Teatro, danza, una misa dirigida por el obispo Luis Quintanilla, de la iglesia católica magnifica no romana y una fiesta que aunque sosa nos puso a todos a mover el cuchumbo. 

Por la mañana una llovizna nos mojaba levemente, como caricia, una llovizna particular de la zona, particular de Mesa Grande que despedía con el viento del norte a quienes un día fuero sus hijos. 

P.D. Mis abuelos maternos (Blanca y Raúl) fueron los padrinos del primer casamiento de don Eulofio.

De noviembre a enero una llovizna moja la llanura de Mesa Grande.

jueves, 24 de marzo de 2016

Costa del Descubrimiento

Venir de un país tan pequeño como El Salvador a uno tan grande como Brasil a veces me agobia. Comidas, tradiciones, acentos; aquí hay muchas diferencias entre el norte, el sur, la costa, el interior, la selva, la ciudad… Sin duda se necesitan muchos viajes para conocer este subcontinente.

Por en cuanto, y después de algunos meses, quiero escribir sobre la Costa del Descubrimiento: el pedacito de Brasil que yo conozco.

Fuentes indican que fue en Trancoso que Cabral desembarcó.

Mis coordenadas son: hemisferio sur del planeta, costa atlántica del noreste brasileño, extremo sur del estado de Bahía, distrito de Arraial D´ajuda en Porto Seguro, Barrio El Centro.

Porto Seguro, junto a Santa Cruz Cabralia y Belmonte, son los municipios que comprenden la Costa do Descobrimento. Se trata de unos 150 kilómetros de playa donde hace 516 años los portugueses invadieron por primera vez el actual territorio brasileño, que ya era habitado por los indios Tupis.

Desembarque de Cabral, óleo sobre tela de Oscar Pereira da Silva, 1904.

Según la historia, una expedición compuesta por 13 barcos y 1500 hombres fue enviada por la corona portuguesa hacia la India. El objetivo era simple: comprar especias que luego serían vendidas en Europa por un valor siete veces más alto.
   
Pedro Cabral, un muchacho de 32 años y jefe de la misión, tenía que rodear África y luego continuar al Este, hacia la India, ruta que ya había establecido su colega Vasco da Gama. Sin embargo, Pedrito resultó bastante curioso y decidió dar una espiada más al Oeste donde ya había noticias de un nuevo mundo.

Después de apenas 44 días navegando, Cabral y los suyos habían atravesado el Atlántico y “descubierto” que sí había tierra y gente del otro lado. Como buen siervo tomó posesión del hallazgo en beneficio de Portugal y después se fue obediente a comprar las especias.

Oficialmente Brasil fue “descubierto” el 22 de abril del año 1500.

Aquí nació Brasil. En esta zona se establecieron entonces los primeros poblados. Se celebró la primera misa. Se construyeron, una al lado de la otra, la primera iglesia y la primera cárcel. Este aspecto histórico es lo único realmente atractivo de Porto Seguro ciudad.

Porto es el municipio con más hoteles en toda Bahía. Pero los brasileños y extranjeros no vienen hasta aquí por la historia, sino por las playas. Aquí las arenas son claras y las aguas turquesa. Las más bonitas no están cerca de la ciudad, hay que descubrirlas en sus distritos.

Arraial D´ajuda

Es un pintoresco pueblito de playa que hierve de turistas y entretenimiento. Hasta los años 70 estaba perdido en el mapa, pero una retrasada generación hippie comenzó una invasión que, al ritmo de la Lambada, transformó Arraial en destaque turístico bahiano.

Miles han dejado sus empleos en la ciudad y se han venido a montar posadas o a vender hamburguesas. Todo se vale si una linda playa está de lado y no tienes que lidiar con el tráfico. Aquí se respira aire fresco, la inseguridad es baja y la diversión garantizada.

Fiesta de noche, playa de día.

Los hippies ahora están arrinconados en una plaza donde venden sus artesanías. De a poco, se fueron instalando hoteles y restaurantes de lujo que expulsaron a los moradores del centro hacia los barrios de la periferia. También está lleno de extranjeros, muchos argentinos e italianos, que han sabido prosperar con el público arraialero, que también es multicultural.

Trancoso y Caraíva

Más al sur está Trancoso, menor en tamaño pero también más encantador que Arraial. La plaza central, llamada de Quadrado es de ensueño, está llena de casas coloridas, vegetación exuberante y una espectacular vista al mar.

En Trancoso hay hoteles y restaurantes boutique donde los famosos pasan sus vacaciones. En el tiempo que he estado aquí supe que el futbolista Neymar y la actriz Jessica Alba se mojaron las nalgas en las playas vecinas.

Ya Caraíva es una conexión con la naturaleza. Una calle de tierra te lleva hasta el borde de un río que hay que atravesar en lancha. A partir de ahí parece que el tiempo va más lento, que todo es más simple.

En este pedazo de paraíso a la orilla del mar no hay carros y las calles son de arena. La energía eléctrica llegó hace poco, pero aun así las noches son más estrelladas. Ser un lugar remoto hace de Caraíva también un lugar caro… aun así vale la pena conocer.

Cool es casarse en Caraíva y disfrutar un finde con los invitados.

Nota: Los otros dos municipios de la Costa del Descubrimiento, Santa Cruz Cabralia y Belmonte, también tienen sus destaques, no ahondaré en este post porque en realidad fue poco lo que conocí. El mar de Cabralia me gustó mucho para nadar. Belmonte me pareció una ciudad fantasma con parte de su arquitectura conservada, también me sorprendió que allá la playa y el mar son diferentes, la arena más oscura y el mar más bravo.

sábado, 13 de febrero de 2016

Carnaval

Hace unos 10 años conocí una brasileña que tiene fuego en los pies. Un pique por el baile que hasta ahora me parece surreal. Esa mineira me enseñó a sambar y sé que continua incansable y siempre presta para el siguiente ritmo.

Al verla me preguntaba si todos los brasileños eran así. Vivir aquí y verles el talento me respondió que sí. Debe haber excepciones, claro, pero en general a la gente de Brasil le gusta bailar. He aquí mis impresiones de su mayor fiesta popular:

El Carnaval de Rio es considerado el mayor del mundo.

No hay fecha definida para celebrar el Carnaval que ocurre una vez al año los cuatro días antes del Miércoles de ceniza. Al igual que la Pascua esta es una fecha que no se fija en relación al calendario civil que todos conocemos, sino que se mueve, por acuerdo Cristiano, al ritmo de equinoccios y lunas llenas.

Así el próximo Miércoles de ceniza será el primero de marzo  y en 2018 será el 14 de febrero. No hay más remedio que vivir pendiente, pues en algún momento, entre febrero y marzo, el Carnaval estalla en Brasil. Y de qué manera...

Hay miles de personas (muchas costureras) que literalmente viven del Carnaval, se la pasan el año entero trabajando exclusivamente para esos días de color, música, baile, fantasías y qué sé yo que otras cosas. Hay mucho dinero envuelto. Participación de gobiernos municipales y empresas privadas.

Pero bueno vamos en orden para no confundirme y para no confundirlos. Me preguntaron un par de veces si el Carnaval era únicamente en Rio de Janeiro. La respuesta es no. La fiesta es nacional y en cada  rincón tiene sus peculiaridades. Que en Rio es más famoso es cierto. Quien no quisiera visitar la Ciudad Maravillosa y ver de cerca el desfile de las Escuelas de Samba.

Ese desfile es lo que uno conoce desde afuera. La mujer semidesnuda en el Sambodromo es el cartón postal. De nuevo, es cierto que el Carnaval carioca es el sueño de consumo de muchos, ocupa espacio en los medios de comunicación y tiene proyección internacional, pero aquí en Brasil es solo parte de la fiesta.

Reinas de Escuelas de Samba: cartón postal del Carnaval.

En Rio de Janeiro y São Paulo reina la Samba. La mayor atracción son los desfiles de las 12 Escuelas que compiten en cada ciudad. En São Paulo los desfiles fueron viernes y sábado y en Rio domingo y lunes. Fueron cuatro días de transmisión en vivo en la televisión desde las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana.

Es difícil explicar cómo funcionan las Escuelas, que realmente son organizaciones que representan alguna comunidad o sector de la sociedad. En el desfile participan unas tres mil personas entre músicos, bailarines y personas que todos los años compran la fantasía y desfilan. Aman su Escuela, se sienten representados en ella.

Cada Escola elige un tema y desfila por una hora y veinte minutos ante los ojos de otros miles que pagaron para verles. Llevan carros alegóricos hiper elaborados además de artistas y personalidades como invitados.

Todos los miembros de la Escuela cantan al unísono un Enrredo (coro) que ha sido compuesto especialmente para la ocasión. Se trata pues de una reñida competencia que tiene como premio, además de prestigio, una buena suma de plata.

Mangueira, ganadora 2016. Homenaje a Maria Bethânia.

Mientras las Escuelas de Samba se disputan en Rio y São Paulo, los “Tríos eléctricos” hacen de las suyas en muchas ciudades de Bahía, al nordeste del país. Un trio elétrico es un camión modificado para convertirse en palco donde famosos artistas dan show y derrochan sudor y energía.

Durante cuatro horas el camión recorre cuatro kilómetros, esto varía dependiendo la ciudad pero es un promedio. Va más lento que una tortuga y a ratos se detiene. El público puede seguir el camión o esperar a que pase, dar una bailadita y esperar el siguiente trío.

Ivete Sangalo, Claudia Leitte y Daniela Mercury destacan en Bahía.

En Bahía no reina la Samba sino el Axé, ritmo movimentado que incluye el rompimiento de caderas y el culeo. Me recuerda al Perreo intenso, pero al estilo brasileño: menos sensual y más técnico.

En Salvador, capital de Bahía, algunos trios venden Abadás, camisetas distintivas del trío o artista, que permiten aproximarse al camión. Quien no tiene la camiseta es llamado de Pipoca (palomita de maíz) y no puede acercarse, un lazo y varios chaneques se lo impiden. Esa modalidad ha sido criticada por violentar el espíritu de libertad que envuelve al Carnaval.

En Pernambuco no es Samba ni Axé, el ritmo que anima el Carnaval en ciudades como Recife y Olinda se llama Frevo, un sonido acelerado que mezcla ritmos de Marcha y Capoeira.

Carnaval en Pernambuco conocido por sus muñecos de Olinda.

Entonces, el Carnaval se vive en Brasil entero, pero es más famoso y animado en estos cuatro lugares: Rio de Janeiro, São Paulo, Salvador y Recife. Si usted es turista y quiere venir a Brasil en época de Carnaval vaya a cualquiera de esos cuatro. Yo estoy curioso por el de Recife.

En todo Brasil, sin embargo, se organizan Blocos de Carnaval, estos son grupos de personas que se organizan y salen a las calles con la misma fantasía (traje o disfraz) y que tienen alguna cosa en común, cualquier cosa. Todo se vale para salir a bailar, cantar, y celebrar el Carnaval.

En Arraial d´ Ajuda, parte de la municipalidad de Puerto Seguro (Bahía), se organizaron blocos ingeniosos y simples como los Lodo y los Hojas, sí, así nomás, unos se llenaron de lodo y los otros de hojas y salieron a las calles con el mismo entusiasmo que salen las Escuelas de Samba en Rio. Chis.

Seguí sin mucho entusiasmo algunos blocos, la verdad todo era tan nuevo que preferí observar a participar. Doy fe de la grandeza de esta fiesta y secundo lo que por aquí se pregona: el año comienza sólo después del Carnaval.