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martes, 19 de mayo de 2020

Sustentable

Mantenerme con lo que produzco en casa es una locura de hace diez años. Siempre me preguntan ¿realmente vivís únicamente con lo que produces? La respuesta es no. Esta locura requiere respetar los ritmos de la naturaleza, abandonar estilos de vida, adaptarse... El Covid19 me confirma que no ha sido un esfuerzo en vano, que estoy en el camino que quiero.

Nunca más compré guineos!

La vida me ha traído hasta este momento en el que dispongo de una tarde de domingo para escribir sobre mí mismo, para sumar una entrada a este diario personal.

Afuera hay crisis de salud, económica y política. Estoy preocupado, de eso no hay duda, pero me reconforta saber que el estilo de vida que he adoptado también me da la tranquilidad para poderme dar este tiempo.

Hace casi diez años renuncié a un sistema que me traía abatido. Fue una decisión difícil y motivada por varios factores que no voy a explicar aquí porque sería divagar mucho en cosas que ni siquiera yo comprendo.

La cuestión es que di el paso. Renuncié a un trabajo bien remunerado, vendí mi carro, me fui a viajar, a vivir y a trabajar en otros países, me volví a enamorar y sobre todo comencé un proyecto que es ahora mi carta de presentación, es lo que hago, a lo que dedico todo mi esfuerzo físico e intelectual. 

Tuve mucho miedo, me sentí en la cuerda floja. Enfrenté con necedad las críticas y encontré personas que me dieron las palabras de aliento que necesitaba.

Cuando comenzaron a reconocerme por mi trabajo en Tamarindo,casa sustentable supe que había dado un salto cualitativo en mi vida, supe que era capaz y que lo que pasara de ahí en adelante iba a depender de mí.

Evidentemente mi realidad y decisiones me han permitido estar donde estoy. Tuve suerte de heredar una propiedad, de tener una buena educación y una familia que me apoya. Suerte de no tener dependientes y de tener solvencia económica.  

Claro, muchos dirán que soy un suertudo y sí que lo soy. No me estoy jactando de mi vida. Como todos, yo también tengo necesidades, pero este silencio del que disfruto ahora mismo, el olor del café recién hecho o comer un fruto de mi huerto es para mí la felicidad. La felicidad de estar tranquilo aun en tiempos de crisis.
 
Mi trabajo no se ha visto afectado por la cuarentena. Hace dos días sembré la milpa y todos los días doy un paseo por mi huerto para atender a mis plantas que me dan comida. Mi business sí está cerrado, porque pertenece al rubro turístico, pero en una casa como la mía el trabajo nunca acaba.  

No vivo únicamente de lo que produzco. No produzco sal, azúcar o aceite, tampoco he logrado abandonar el café o las cervezas. Pero mis gallinas ponen huevos todos los días y siempre hay algún arbolito dando frutas.

Cuando comencé aquí no había gallinas ni árboles frutales, esto de ser sustentable es un proceso que no se logra de la noche a la mañana y que requiere atención constante.

Esta cuarentena me tiene más solitario que de costumbre, pero ha venido a validar mi trabajo. Espero, que como a mí, a vos también te fortalezca este tiempo difícil y que cuando esto acabe nos encontremos para compartir lo bueno que nos deja.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Comida

Aquí mostraré los frutos producidos en Tamarindo, casasustentable. Las siguientes fotos son una primera entrega del álbum que comienzo a nutrir este septiembre de 2019 y al que he llamado instintivamente Comida. 

Guineos majonchos

Ser sustentable alimentariamente es un reto para mí. Quiero mostrar y compartir esa alegría que me da cuando recojo la fruta o corto de mi huerto las especias para la comida.

Y sí, siempre tengo frutas orgánicas y frescas sobre mi mesa. Puedo desayunar guineos majonchos fritos, hacer unos tostones en el almuerzo y cenar el mismo guineo, pero quizás  asado.

Tengo ahorita arrayanes que es maravilla, los congelo así que tengo para un par de meses. Antier me comí una sincuya, lo sé para algunos suena a fruta exótica y lo es porque cada vez hay menos.

No sé qué es comprar  un limón y últimamente he descubierto lo buena que queda la limonada con hojas de hierba buena.

Si hago una sopa de gallina le puedo echar hijos de piña o jilotes recién cortados. Cuando quiero condimentar mis platillos, una cocina muy creativa por cierto, corro a las matas de albahaca, hierba buena, orégano, romero, alcapate…

También me da gusto tener aquí mismo mi farmacia personalizada. Mi mamá me ha metido en la cabeza que las plantas medicinales que uno necesita crecen en su propio jardín, en su frente. Yo me he creído la fantasía y he aprendido a respetar todo tipo de monte.

Doy fe que me he quitado dolores a puras chuponeadas de agua tibia con orégano y ya ni se diga lo bien que le hace el jengibre a mi rinosinusitis. Nada compro, todo ya está en casa.

Claro, me dedico al jardín al menos dos horas al día. Me digo que es más barato que la terapia.

Arrayanes, pura vitamina C

Como no compartir entonces las fotos de la fruta, que por cierto dependerán del mes; de la temporada. No habrá así repeticiones y al pasar un año tendré mi calendario completo.

O quizás no, porque las condiciones del clima cambian, porque a veces misteriosamente no hay cosechas, porque tus vecinos los pájaros pensaron en ayudarte a comer o porque alimentaste sin saber a un ejército de zompopos.   

Cualquier cosa puede pasar así que mejor no me comprometo. Pero intentaré sumar a este post las fotos de nuevos manjares naturales, espero acordarme.  

Me he comprometido sí a publicar un post en este blog cada mes. El viaje a Perú me aliviano bastante, pero eso ya paso. Es hora de volver a hablar de las cosas que me pasan, de compartir lo que me parece valioso de la vida.

Pensé en escribir de Antigua Guatemala porque fui hace poco, pero recordé que esto no es una guía de viajes. Algo de la independencia quizá, pero me dio gueba.

El acontecer nacional lo hacen ya los medios, a veces también yo lo hago, pero no deja de ser solo mi opinión y a veces me estresa; con el ejercicio de escribir pretendo otra cosa.

Podría haber sido también una recomendación de libro. Y hay uno que voy a recomendar, con el perdón del comercial, se llama “Abril rojo” del autor peruano Santiago Roncagliolo, trata una temática muy peruana, que no aplica para este post, pero que considero de lectura necesaria. 

Como casi se acaba septiembre, me toca obligarme, y como en los viejos tiempos, sentarme frente a la compu, frente a una pantalla blanca, y escribir. Redactar estas ideas que no siempre salen en orden.

Limones, hay indios y pérsicos 

Pues bien, debo decir que me inspira algo que me dijeron recientemente: “escribir es una acción sanadora”. No es que esté doliente, pero es otra fantasía que me gusta creer.

Así que sin tener claro el tema pensé en fotografiar la comida que produzco. Un tema banal y cotidiano, pero también tan básico e indispensable. Un tema del que se me antojo escribir.

Yo cultivo mi comida. No toda, obviamente, pero cada vez traigo menos vegetales del mercado porque tengo en casa varias cosas que necesito.

Han ido apareciendo con el tiempo, hay varios árboles  que han dado sus primeros frutos y estoy en la espera de más. Descubrir un fruto nuevo me dibuja una sonrisa y me hace sentir bien durante toda la jornada.

Al ser sorpresivos, los frutos, se deben cultivar de manera necesariamente alternativa, quiero decir variada. Hay que decidir conscientemente lo que se va a cultivar y lo que no. Observar los procesos, los tiempos, descubrir para qué es buena la tierra donde uno vive.

Yo prácticamente he dejado que árboles y plantas comestibles crezcan a sus anchas. Tengo espacio aun y por eso lo había permitido. Pero debo confesar que últimamente me ha tocado mochar las ramas de los palos que sembré hace nueve años.

Han crecido mucho y tienen que dar espacio a sus hermanos. Un sentimiento de tristeza me invade cuando los podo, así deben sentir los papás cuando les cortan el pelo a sus hijos la primera vez.

No hay buen macarrón sin albahaca

Guanábana

Mi dieta en la última semana