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martes, 2 de noviembre de 2021

Papá

En las serranías de Victoria, donde comienzan las honduras de Lempira, un año más acaba de terminar. Estamos justo en la mitad del siglo XX; va a comenzar el año 1951. Unos pocos cohetes de vara se dejaron oír en las navidades y hoy que se acaba el año son aún menos.

A la nía Lola poco le alegran las fiestas, se encuentra más bien cansada debido a los nueve meses de gestación del que será su tercer hijo. Se trata del primer varón en la familia Portillo Mejía pero ni ella ni su marido lo saben. Lo que sí sabe la madre es que está a punto de parir. Lo presiente.

Unas horas más tarde y quizá mientras se comía un tamal comaliado mi abuela se da cuenta que ha llegado el momento. Manda a llamar ligerito a la partera que llega de inmediato, “tranquila, todo va a estar bien”, habría dicho.


David Portillo (1951 - 1997)

Nace entonces mi papá un dos de enero de 1951. Luego de sobrevivir, en su etapa de bebé, a los primeros sustos de la vida; el niño se desarrolló en la campiña salvadoreña rodeado de vegetación y animales domésticos.

En su niñez y juventud se destacó como estudiante, obtuvo su título de bachiller y luego el de técnico agrónomo. Trabajaba como funcionario gubernamental en las oficinas locales del ministerio de agricultura y ganadería.

Un solo nombre tenía mi papá, se llamaba David y era casi un treintón cuando se casó con mi mamá. En 1982 cuando yo nací, él tenía 31 años.


Nótese mi felicidad y negrura jajaja 

Recuerdo emocionarme al oír el motor de la moto. Gozaba que me permitiera subir y que me llevara hasta el interior de la casa ese último tramo. Mi papá me revisaba los cuadernos y me preguntaba cosas serias. Pienso que quería conocer mi opinión al respecto.

Crecí tomando leche de vaca cruda, ordeñada por mi papá, quien me daba un vaso con café Listo, yo metía el vaso debajo del ubre de la vaca y los chorros caían adentro y afuera.

Adentro formaban espuma y se desprendía un aroma tibio con olor a madre, un aroma que se antojaba en ayunas. Leche de vaca cruda con café Listo era mi desayuno cuando amanecía en el corral junto a mi papá y sus vacas.

Son pocos pero muy claros y vivos los recuerdos que tengo con mi papi. Le pedía que me despertara para levantarme con él a ordeñar, algo que nunca aprendí a pesar de estar rodeado de vacas toda mi infancia.

Él me dejaba dormir y yo le reclamaba. En la noche nuevamente le pedía que me despertara, que me tapara la nariz o me echara un poquito de agua helada en la cara para levantarme. No creí que lo hiciera pero hizo ambas cosas. Ahora yo no tenía como reclamarle, él solo había cumplido mi petición.

Mis padres se separaron cuando yo tenía 13 años. Con mis hermanos nos quedamos bajo la custodia de mi madre así que a mi papá lo visitábamos solo de vez en cuando. Yo no perdía oportunidad para estar con él, me gustaba hacerle compañía porque pensaba que se sentía solo.

Hasta le cocinaba y al preguntarle qué le parecía la sopa que tanto me había costado hacer él me respondía “pior es nada”. Ahora me río y pienso que nunca me ofendió con esos comentarios, en realidad aquella sopa era eso, un pior es nada.

Yo estaba feliz de servirlo y de saber que su comentario era sincero. Los domingos nos despedíamos y le prometía volver el otro fin de semana. Eso duró dos años.  

En septiembre de 1997 yo tenía 15 años y estaba emocionado por correr la antorcha. Ese año sin embargo mi papá la estaba pasando mal y tuvo que ser hospitalizado. El día 12 falleció de manera sorpresiva a la temprana edad de 46 años.

Dicen que en el hospital incluso estuvo bromeando con las enfermeras, les ofreció que al salir de ahí iba a conseguir unas gallinas para agradecer sus atenciones con una sopa. 

Fue difícil comprender su muerte, sigue siendo difícil asimilar su falta aun cuando han pasado 24 años. En mi juventud y adultez carecí de esa figura paterna, sin duda hubiera querido saber su opinión sobre tantas decisiones que uno toma en la vida.

Hoy mi viejo tendría 70 años y a mí me hubiera encantado darle esta noticia: “viejo vas a ser abuelo”.

A pocos días de conocer a mi amada Eli

sábado, 25 de agosto de 2012

30

Uno de mis más antiguos recuerdos es cuando junto a mi hermano mayor caminábamos hacia la que sería nuestra primera casa, allá por la salida de Tronalagua.

Papá y Mamá se habían esforzado en aquella obra y aquel día finalmente dejábamos la quinta de la abuela.

Mamá arregló nuestras hilachitas en bultos que nosotros nos alzamos al lomo. Parecíamos vendedores de cobijas chapinas, pero en versión cipotillos de 3 y 5 años.

Nos mudamos carcajeándonos.


Junto a mi hermano Jaime. Foto tomada en junio de 1985.

Una vez, en la escuela, me caí en un charco. El lodo me llegó hasta las fosas nasales.

De campeón, pensé que no había problema y me fui a meter al aula. Ya me había lavado la cara, chis. La profesora cuando me vio aturró la cara y me mandó a bañar inmediatamente.

Cuando regresaba a casa con los colochos embadurnados chillé de bravo. La gente se reía al ver al niño llenó de lodo y lágrimas.

Un 24 de diciembre mi primera cuñada hizo que besara a su hermana.

Con mi novia teníamos 8 meses de andar y nunca, pero nunca nos habíamos besado. No sabíamos cómo, nos daba miedo.

Mi cuñada nos mandó para el parque Cabañas. Ahí frente al pueblo le dije a mi primera novia: “Mirá tenés algo aquí”, le agarré la quijada y nos besamos.

Recuerdo la dulzura de aquel beso y los cohetes de vara sonando ¡PUM! ¡PUM! Feliz Navidad.

Dicen que recordar es volver a vivir. A mí se me dibuja una sonrisa en la cara cuando me acuerdo de cosas como estas. Cosas que pasaron hace ya mucho tiempo.

No pude celebrar mis 30 en la casita de adobes. Lo que estoy por terminar es un BAÑO SECO sobre el que escribiré en mi próximo post.