sábado, 8 de junio de 2019

Venezolanos en Perú

Migrar es un derecho humano. Porque el mundo es de todos y de nadie. Admiro enormemente a los migrantes que se abren caminos en cualquier punto del globo. Cuando fui a Perú desconocía el fenómeno migratorio que allá protagonizan los venezolanos. Sobre ellos va este post que necesito compartir.

El 80 % de venezolanos se quedan en Lima metropolitana (Lima – Callao) 

Lima, 10:00 AM. En mi camino del Callao hacia Miraflores, una pareja con una niña de unos dos años se sube al bus para vender dulces. Estoy acostumbrado a ver escenas parecidas en San Salvador. La diferencia es que su pedido de ayuda no era para tratar una enfermedad, ellos dijeron que eran venezolanos y que habían dejado su tierra para ofrecer un mejor futuro a su hija.

Me quedé mudo, me sentí un sinvergüenza afortunado que hacía turismo y que tiene la necesidad de huir, de cambiar de entorno cada cierto tiempo. Un afortunado con necesidades nada parecidas a las de los venezolanos del bus.

Desde entonces y con la cara echa nudo comencé a poner cuidado en ese fenómeno migratorio tan presente en estos días en la capital peruana, algo que desconocía totalmente antes del viaje. Los datos oficiales a abril de 2019 dicen que en territorio peruano viven unos 750,000 venezolanos.

En la calle la gente asegura que son más. A mí también me dio esa impresión y a partir de entonces me los encontré por todos lados. Después de Colombia, Perú es el país de destino de los migrantes venezolanos que huyen o buscan mejores condiciones de vida.

En Miraflores almorzaba en un restaurantito donde por 14 soles (unos $5) ofrecen lo que en El Salvador vendría ser un almuerzo ejecutivo. Una muchacha sonríe al cliente que llega y le ofrece a uno un lugar donde sentarse.

Mi amigo la llama por su nombre y ella gentilmente nos dice el menú. Me doy cuenta de lo bonita que es, además se nota que se ha maquillado y arreglado el cabello para desempeñar su trabajo como mesera.

“Me encanta ella porque es muy amble, antes había una peruana que era antipática”, se queja mi amigo y comenzamos a hablar sobre el tema.

Los venezolanos son la mayor comunidad de extranjeros en Perú, una situación relativamente nueva que desaprueba el 67 % de la población peruana. Algunos llegan a decir que les están quitando los trabajos.

Los “chamos” llegan y aceptan trabajos como meseros, domésticas, cobradores de microbuses o se quedan como vendedores ambulantes.

Esto no se puede generalizar porque sin duda también hay un buen número de profesionales que encuentran trabajos en sus áreas.

Sin embargo, se sabe que menos de la mitad ha obtenido su Permiso Temporal de Permanencia y sin ese documento se supone que no se puede trabajar. Pero la realidad es otra: todo venezolano en Perú trabaja o al menos pide dinero en la calle. Los xenófobos llegan a decir que todos los venezolanos delinquen.  

El gobierno de Perú presidido por Manuel Vizcarra considera como régimen ilegítimo al gobierno de Nicolás Maduro. Perú además encabeza el grupo de Lima que pretende junto a más de 12 países encontrar una solución a la crisis.

Recientemente el presidente Vizcarra dijo que no se ha ponderado el efecto real de la migración venezolana en su país.

Ahora, y dis que por reciprocidad, ambos países se exigen visas para entrar en sus territorios.

No hablaré de la crisis venezolana porque la desconozco, pero hay que admitir que nada alentador se dice al respecto. Esta crisis, que quien sabe cuándo comenzó, se ha puesto peor desde 2016.

Se calcula que el éxodo venezolano ha superado cualquier otro proceso migratorio a nivel mundial y que más de tres millones de personas han abandonado Venezuela a causa de la depresión económica o la persecución política de los últimos tres años.

En 2016 las autoridades migratorias de Perú únicamente registraban a 6615 personas de origen venezolano viviendo en su país.

Es decir que en poco más de dos años un millón de venezolanos han elegido a Perú como su destino para salir de Venezuela. Es pues en este siglo la ola migratoria más importante para ambos países.

Con otro peruano divagábamos sobre la belleza de las venezolanas. Él está convencido que las mujeres de Venezuela son más bonitas físicamente que las mujeres de Perú.

Me dijo que la fisionomía ancestral de los incas es imborrable en Perú y que muchos hombres comenzaban a preferir a las inmigrantes.

Una venezolana que trabaja como empleada doméstica me contó que a causa de eso se levantó el rumor de que las venezolanas eran portadoras de VIH.

Ella me aseguró que no aguanta más, que quiere regresar a su casa pronto pero que la situación en su país no se compone. Me dijo que no le gustaba Lima porque había mucha tierra y arena suelta y salir a la calle significaba ensuciarse los pies.

Cuando lo expresó quise reírme, pero me contuve. Ya había pensado lo mismo, pero yo estaba de paso y ella no tenía fecha de retorno, además tenía que trabajar de lo que fuera para sobrevivir. Me explicó que es originaria de algún lugar en la campiña venezolana donde el paisaje no es gris sino verde.

En Cusco encuentro venezolanos sentados en el suelo y con cartulinas donde han escrito básicamente “soy de Venezuela, ayúdeme”. Lo han anotado también en inglés para llegar al gran flujo de turistas internacionales que visitan esa ciudad.

Llego a un comedor en el centro de Ica y elijo comer unos macarrones verdes. Le pregunto al mesero qué llevan los macarrones, por qué son verdes. El muchacho, de unos 20 años, me dice que no sabe, que acaba de empezar a trabajar ahí y que es de Venezuela. Le dije que no importaba y le sonreí.

En poco más de un mes aprendí a reconocer a los “chamos” en la calle, a respetarlos por su aguerrida decisión de migrar. 

Conocí a un venezolano que ahora puedo llamar amigo y gracias a él comprendí muchas cosas que he querido transmitir en este post.

Ojalá algún día la situación en Venezuela se alivie y mi amigo pueda regresar a su país sin miedo.

viernes, 10 de mayo de 2019

Cusco


Esta ciudad es el principal destino turístico del Perú. Antes pensaba que esa afirmación era pretenciosa. Ocho días me bastaron para comprender que no es pretensión y que está fundamentado ir exclusivamente a Cusco. Aquí dejo algunos datos para viajeros que más que destinos turísticos buscan experiencias auténticas.

Plaza de Armas de Cusco


Desde Lima hay varias rutas para llegar a Cusco. La más común es volar, el costo de un pasaje ronda los $100. Luego se tienen los autobuses, los hay de todo tipo y precio. La ruta más común es descender hacia el sur, hasta Ica, y luego adentrarse en la cordillera de los Andes.

Los buses normalmente ofrecen tres tipos de acomodaciones que dependen del tamaño del asiento. Así los más caros son las butacas llamadas “camas”, también las hay semicamas o el simple sillón reclinable.

La ruta que había establecido no era vía Ica por lo que no podía tomar uno de esos buses directos que tardan 24 horas en llegar, pensé que sería cansado. Además quería conocer aunque fuera brevemente un par de destinos durante mi camino a Cusco.

Tomé un bus que tardó 10 horas para llegar a Huancayo. Salí a las ocho de la noche, me dormí, como todo mundo, y amanecí como a las cinco de la mañana, ya no a 100 msnm sino a 3400.

El temido mal de altura o soroche no me pegó de inmediato. Lo que me pasó fue que ambos oídos le hicieron “plup, plup” y quedé oyendo de otro modo.

Estuve dos noches en Huancayo una ciudad que me pareció loca a causa de los taxis. Hay cientos y funcionan como transporte público, les llaman colectivos y te cobran baratazo por atravesarte la ciudad.

Yo lo supe después, el primer día caminé mucho y tal como había leído mi cuerpo se puso lento, cansado y adolorido por la falta de oxígeno. Sin embargo, como sabía que mi tiempo ahí era breve, caminé a un par de lugares para aclimatarme.

Eso, más un tecito de hojas de coca resolvió mi problema, hasta  me sentía andino.

Parque de la identidad Huanca

Agarré un bus de día que atravesó más montañas y en ocho horas me llevó hasta Ayacucho. Un lugar histórico donde han ocurrido dos hechos importantes.

En uno de sus valles se desarrolló la más notable batalla de independencia de la corona española y fue además la cuna del movimiento conocido como Sendero Luminoso, ahí fue que mandaron a dar clases a Abimael Guzmán, el fundador de ese grupo que en los años 80 exterminó a miles de peruanos.

Aquí también comprendí la importancia de la papa en la dieta peruana. Vi y degusté la enorme variedad, ahí quizá también me empaché porque desde entonces ya no le hice tan buena cara.

En Ayacucho me hospedé con Severina, una abuelita cuya lengua materna es el quechua, que me abrazó y aconsejó como si fuera de su sangre. Otro bus nocturno me hizo amanecer finalmente en Cusco. Había llegado a la capital histórica de Perú.

Lapapa, lapapa, lapapaaaaa

Entre las montañas de Cusco se estableció el imperio Inca por lo que lo ancestral se percibe en el aire de la ciudad. También las iglesias y palacios coloniales, de estilo barroco y neoclásico, dan la sensación de haber retrocedido en el tiempo.

Cuenta la historia que el líder indígena Manco Capac le ordenó a un ave posarse sobre un peñón para establecer el lugar donde irían a vivir. Cuando el ave aterrizó en la piedra se hizo mojón y a ese mojón en lengua aimara le decían Qusqu. Los españoles lo tradujeron a Cuzco pero desde los años 70, y por lo menos en Perú, la forma más usada es Cusco.

Me hospedé en el Centro Cultural Harijan Mandir, ubicado en la esquina de la calle Nueva Alta y la Queswa. Es un espacio Hare Krishna donde hice voluntariado por una semana y tuve la sensación de compartir con viejos amigos.

El convenio era alojamiento, comida y participación en sus actividades a cambio de ayudar en la preparación y venta de pan. Cuando llegué había al menos 10 personas más. Peruanos, mexicanos, venezolanos, argentinos… a los hombres nos decían prabhús, así yo era el prabhú Eduardo, a las mujeres les decíamos madres.

Había que levantarse a las cinco de la mañana para bañarse y poder empezar cualquier actividad “sin impurezas de entes nocturnos”. A las cinco y media comenzaban a sonar un tambor y unas campanitas en el templo y antes de las seis ya estábamos cantándole a Krishna.

Se preparaba el desayuno y varias latas con empanadas vegetarianas. Debo confesar que está parte de la venta no me simpatizaba mucho pero al final la disfruté y me da risa recordarme pregonando, cual vendedor ambulante, “empanadas calientitas”.

Bailé hasta el cansancio durante el festival de la luna dorada, entramos gratis al Qorikancha para la inauguración de la exposición Matsés: Time Is Life y conocimos un proyecto sobre eco-yoga dirigido por devotos de Krishna.

Me encantaron las llamas

Mis amigos del Centro Cultural Harijan Mandir en el eco-yoga

Tuve la suerte de conocer Pisac, motivado por un amigo venezolano que vivía en ese lugar y me sirvió de guía. Se trata de uno de los tantos pueblitos ubicados en el valle sagrado de los Incas. Puedo decir que esas horas que estuve ahí fueron suficientes para decirme “podría vivir en este lugar”.

El tema en Pisac es la medicina sagrada, muchos llegan ahí buscando la famosa debida indígena llamada Ayahuasca y muchos también son estafados. Nunca me interesé en Ayahuasca pero me dijeron que lo mejor es tomarla en alguna comunidad amazónica y que durante un proceso de integración te la ofrecen como medicina y de forma gratuita.

Pero la gente llega con prisa y en tres días quieren sí o sí darse el viaje con Ayahuasca y pues siempre hay una gente lista que ofrece los productos que la otra gente necesita.

A mí me dieron a probar unas gotas para los ojos que se llaman Sananga, son la esencia de una planta amazónica que es usada para sanar y mejorar la vista. Como no tengo ningún problema visual no sé cómo le habrá ido.

Pues algo similar a la locura del Ayahuasca sucede con las ruinas de Machu Pichu y la montaña de siete colores. El turismo es sin duda una actividad primordial en Cusco por lo que se presta para los abusos y estafadores.

Machu Pichu está a 130 kilómetros de Cusco, la entrada al parque cuesta más de 60 dólares y se mantiene atestado de turistas que por obligación se hacen acompañar de un guía. Así que la gracia de estar cuatro horas en ese lugar sale como en $150. Para mí eso es caro y prefiero disfrutar ese dinero de otra manera. No fui y no tengo ningún resentimiento al respecto.

La montaña de colores no está tan lejos, pero lo siento por ustedes si llegan a la cumbre y hay neblina. Me explicaron que esa montaña era antes un nevado y que tras su derretimiento salieron a la luz los colores y los contaron. Yo vi muchos cerros de colores desde que salí de Huancayo, así que tampoco fui. 

Descubriendo algún rincón de la ciudad de Cusco

En Cusco comí rocoto relleno, la versión de nuestros chiles rellenos, que los venden en la calle, son baratos y deliciosos. Comí choclo con queso y trucha. Con los hare Krishna me reafirmé lo delicioso que se puede comer de forma vegetariana. Mi viaje continuó siendo más gastronómico, mi estómago y mi bolsillo estaban contentos.

martes, 30 de abril de 2019

Matsés

Conocer sobre los Matsés no fue casualidad. En Cusco tuve la oportunidad de ir a una exposición de fotos que da pinceladas sobre su forma de vida. Hoy les comparto esta información por si al igual que yo son tocados por ella.
  
Tuve el chance de asistir a la inauguración de "Matsés: Time Is Life" una muestra fotográfica de Tui Anandi y Mike Van Kruchten que tuvo lugar en el museo Convento de Santo Domingo, Qorikancha, en Cusco, Perú, del 21 de marzo al 29 de abril.

No tengo más que algunas fotos de la expo y esta información que a continuación transcribo. Ah, también tengo las ganas de ir a conocerles y convivir con ellos.

Matsés significa simplemente persona

Al igual que muchos grupos indígenas, los Matsés habitan en un espacio de liminalidad (cuando no se está ni en un sitio ni en otro), con los pies en dos mundos: el pasado y el futuro, el bosque y la máquina, un modo de vida antiguo y los problemas modernos, la atemporalidad (aquello que está más allá del tiempo) y el límite temporal. 

Es el concepto de Tiempo la inspiración para la exposición "Mastés: Time Is Life": ver al Tiempo como algo subjetivo y experimentado por los Matsés sin restricciones; cualitativamente distinto a nuestra concepción lineal del mismo.

Ver al Tiempo como un factor decisivo del destino, por que tanto nuestras acciones como las de los Matsés determinarán el futuro de un largo linaje de portadores de cultura y protectores de la selva. Ver al Tiempo como contenedor de vida.

Con una población aproximada de 3500 personas, los Matsés defienden más de un millón de hectáreas de la selva amazónica. Dentro de su territorio se encuentra parte de la Reserva Indígena Valle del Javari, que protege al mayor número de grupos no contactados en aislamiento que quedan en el mundo.

Esto sitúa a los Matsés como guardianes y puentes entre dos formas de vida divergentes y es un vivo ejemplo de una sociedad que integra ambas.

Amazonas


Mapa de la Reserva Indígena Valle del Javari

Los Matsés a menudo son conocidos como el "Pueblo Jaguar", bajo el concepto erróneo de que los ornamentos que las mujeres insertan en sus fosas nasales están destinados a representar los bigotes felinos. Los Matsés afirman que estos adornos y sus tatuajes faciales son simplemente marcas que los identifican como pertenecientes al grupo étnico Matsés.

El nombre Matsés es un exónimo (denominación con la que una comunidad de hablantes se refiere a algo que se encuentra fuera del ámbito de influencia de su propia lengua) adoptado por ellos mismos, es una palabra que originalmente solo significa persona o personas en su lengua madre.

En 1976, solo quedaban unos 820 Matsés. Desde entonces, la población Matsés se ha triplicado en las últimas cuatro décadas. Este resurgimiento, en un mundo que pierde un idioma cada dos semanas, es algo altamente inspirador. 

Es también el testimonio de la fortaleza, la capacidad de resiliencia y la devoción de un pueblo que se niega a ser sofocado. Es la evidencia que repudia la narrativa de que el destino de la Amazonia y sus pueblos indígenas ya ha sido sellado.

Incienso 

Durante la inauguración

Tejiendo

Qorikancha

Redes para pescar

Los tatas transmisores del conocimiento