lunes, 16 de diciembre de 2024

Lempira

El indómito líder lenca conocido como Lempira es el tema central de este post. Los voy a llevar a la cueva donde el indígena se guarnecía en las agonizantes luchas contra los españoles.

Me gusta pensar que este personaje histórico, reconocido como el primer héroe nacional de la hermana república de Honduras, descansaba en una caverna que, 500 años después, está situada en la jurisdicción de mí municipio Sensuntepeque.

Moneda de Honduras tiene el nombre del caudillo

La cueva de Lempira o la cueva de las juntas no es un lugar conocido ni explotado en ningún sentido. Es un lugar virgen y de difícil acceso enclavado en el paredón de un cerro entre los caseríos Izcatal y Los Naranjos en el cantón Nombre de Dios.

Para llegar se necesita un guía, de ninguna manera se recomienda hacer la expedición sin alguien que conozca la zona. Los habitantes del lugar sin duda han escuchado de la cueva pero muchos nunca han tenido la oportunidad de conocerla.

Del lado hondureño este sitio está frente a la aldea La Trinidad, municipio de Piraera, en el departamento homónimo de nuestro personaje. Por su ubicación no cabe duda pensar que aquí Lempira tenía un sitio estratégico para planear su defensa.

Le llaman las juntas porque en el lugar se encuentran el rio Lempa con el rio Negro. Los ríos en este lugar son fronteras naturales que separan a El Salvador de Honduras y del lado catracho a los departamentos de Lempira e Intibucá.

Fue en esta zona rural de ambos países que dio las últimas batallas este cacique quien hizo detener el avance español hasta su muerte.

En el lugar anidan los zopilotes, también encontramos colmenas  

Lempira consiguió unir a las tribus lencas y juntar a más de 30 mil hombres para enfrentar a los conquistadores que los superaban con la fuerza de los caballos y el poder asesino de la pólvora.

El señor de las sierras, como le llamaban, medía apenas un metro y medio pero su astucia y liderazgo lo llevaron a convertirse en el referente indígena de todo un país.

Con su muerte se consolidó el dominio territorial de España cuando le dispararon a traición mientras negociaba un supuesto acuerdo de paz en el cerro Congolón, municipio de Gualcince.

Prometimos volver, pero con chapuzón en Lempa

Mi expedición estaba encabezada por Mario Ramos, padre somasco originario del municipio de Victoria. Nos guio por el camino don Catalino Bonilla y don Guillermo Zavala, residentes de estos montañosos parajes de Cabañas.

Nos acompañó además Roxana Cruz, presidenta de la ADESCO de la comunidad, y David, quien nos llevó hasta el inicio del sendero de la manera más segura en su pick up todo terreno.   

Mientras los militares españoles se desorientaban en las honduras de Honduras, nuestro capitán de guerra meditaba en la cueva sobre aquel ataque cobarde que cambiaría la historia de este territorio.

Todo esto pude meditar en aquel paseo que me brindó la oportunidad de conocer esta zona de Sensunte. Invito, a quien se anime, a visitar la cueva de Lempira y a conectarse con un pasado más bien reciente que marca y define nuestra identidad y cultura.

Aquí existió el indio Lempira


martes, 31 de enero de 2023

La Lula

“La Combi viajera de El Salvador”, así puede llamarse este artículo en otro lado. Aquí yo prefiero titular con una palabra así que esto es: La Lula, la historia de un carro pero sobre todo del dueño del carro quien ama viajar y pintar, y así combinándolos y montado en La Lula va por todo el continente y el mundo. Me gusta que esté leyendo. Bienvenido otra vez.

La Lula viajera, tiene ya 17 países recorridos

Esta Combi fabricada en 1971, placas salvadoreñas P 54 673, quizá ha viajado por más lugares que usted y yo juntos. Modelo 221 de la marca Volkswagen que acaba de regresar de su último paseo por Sur América.   

José Yurandir Sánchez, el propietario de La Lula, vive viajando y pintando y también vive en La Lula, le llama casa y aventurera. Su relación es sumamente íntima y juntos ya tienen 17 países recorridos y miles de kilómetros de aguante.

Pintando por América, así se describe La Lula en su página de Facebook que ya tiene más de 13 mil seguidores.

En el monumento a la Mitad del mundo en Quito, Ecuador

Su padre decidió llamarlo Yurandir por un futbolista brasileño, a sus 18 años se embarcó para atravesar el Atlántico laborando a bordo. Luego de eso se radicó en el  país donde se desenvuelve como artista plástico pero su alma viajera le susurra constantemente que aun hay muchos caminos que faltan por recorrer.

Yuri y La Lula salieron a inicios del 2017 rumbo al Sur y es hasta este enero de 2023 que regresan a casa, a tomar aliento y quien sabe por cuánto tiempo, porque “aun no tengo decidido cuánto me voy a quedar”, me dice Yuri, quien tiene 45 años y creció en los suburbios de San Marcos, en la capital salvadoreña.

Han recorrido prácticamente toda Latinoamérica, desde la Patagonia hasta el Amazonas. Han ido por peligrosas carreteras y se han embarcado o incluso volado cuando éstas faltan. Lo que no ha faltado son los accidentes, en Panamá y Brasil, en el primero La Lula se quedó solo con una llanta puesta y en el segundo no la pudo detener en marcha.

La Lula  viaja en carretera, en barco y en avión

Al preguntarle a Yuri qué tipo de conductor es él responde que va despacio, disfrutando el paisaje y el camino, no tiene ansias por llegar a ningún lado. Además La Lula ya está viejita y hay que tratarla con cariño.

“Voy a tirar la toalla pero en la playa”, se leía en la parte trasera de La Lula hace un año cuando transitaba en algún lugar de Uruguay, país donde Yuri nos cuenta que pintó al menos 23 vehículos y donde afirma podría regresar y trabajar en ese rubro.

En este último viaje, en un período de seis años, Yuri pintó su casa al menos cinco veces, una vez con una inmensa ola, otra con pájaros tropicales, inclusive un torogoz u otros elementos de la identidad guanaca.

Allá por el año 2006 La Lula le costó a Yuri un aproximado de 2,800 dólares. Hoy tiene un valor simbólico que no se puede pagar con dinero así que no es opción vender este carro que en el futuro ya tiene dueño destinado. “Se la voy a heredar a mi hijo”, explica Yurandir.

Siempre he admirado a Yuri como un gran viajero y espero verlo para  platicar más mientras está en el país. Ojalá todos tuviéramos la dicha de ver tantas cosas maravillosas. Mientras tanto nos toca verlas a través de los ojos de Yuri y los faroles de La Lula.

jueves, 27 de octubre de 2022

Tunasmil

Cultivar maíz es una herencia ancestral, un lujo que me doy en este tiempo que vivimos sometidos a nuestros aparatos de dominación. Es precisamente ahí, en tu celular, donde me estás leyendo ahora, al alcance de tus manos y a un solo clic, cuando ocurre el milagro de conectarnos. En tal situación, quiero compartir contigo estas líneas a través de la pantallita, te voy a hablar sobre la milpa, no la primera sino la segunda, el tunasmil.

En la destuzación

He estado comiendo tortillas hechas con el maíz que yo mismo cultivé. Cuántos allá afuera pueden darse este lujo. Fui protagonista durante todo el proceso y ahora finalmente puedo partir la tortilla humeante y acompañarla con cualquier “con qué”.

El maíz es alimento básico en la dieta salvadoreña. Un par de tortillas son infaltables en el almuerzo, el maíz es además el rey en los antojitos típicos.

Ya en otra ocasión les conté sobre la milpa, lo de hoy es pues una ampliación de aquello. Y es que normalmente se puede cultivar maíz dos veces durante el mismo invierno, o mejor dicho durante los seis meses de época lluviosa que se registran anualmente en el país. Cada periodo dura tres meses, el primero va de mayo a julio y el segundo de agosto a octubre.

Yo hacía milpa una sola vez, en el primer turno y me gustaba terminármela en elote para acabar ahí la hazaña. Vender los elotes y el zacate, evitar la dobla, la tapisca, destusar, desgranar, almacenar…

Sin embargo, desde el año pasado mi suegro se empeña es repetir todo el trabajo, “aunque sea un poquito”, para poder comer elotes también en octubre. Este año no logré vender elotes, así que además del tunasmil tengo harto maíz para comer y para las gallinas. Es mucho trabajo pero también mucha satisfacción.

Cupertino se llama el papá de mi esposa y tiene 81 años, cuando yo nací él tenía mi edad actual (40). Don Cuper se escapó de la casa de su padre cuando tenía 16 porque sintió que dejaba la vida haciendo la milpa.

“Éramos tres hermanos trabajando para él”, me cuenta. Al no ver un beneficio claro a cambio de su trabajo se enlistó en el ejército pero luego prefirió un laburo más calmo como celador de cárceles hasta que se jubiló hace más de 30 años.

Es un señor inquieto y platicador. Se levanta temprano y siempre está traveseando. Cuando le dije que hiciéramos milpa juntos sus ojos se encendieron como llamas. La idea lo emocionó a pesar de que eso significaba regresar a lo que había renegado en su juventud. Desde la primera vez le ofrezco compartir los beneficios por partes iguales, no como su padre, pero él se niega y dice que solo quiere ayudar.  

El año pasado y este hemos trabajado hombro a hombro para que la milpa dé sus frutos. Él insistió con hacer tunasmil, la milpa de entre agosto y octubre, yo a pesar de mi desgano no tengo más opción que apoyarlo.

También hemos logrado ayotes

Sembramos tarde en agosto y como no manejamos bien el veneno nuevamente la milpa se nos llenó de monte y tuvimos que deshierbar a pura cuma, acurrucados y con el cuidado de no botar las matas. Le invertimos $15 más en abono y la milpita estaba lista para florear hasta que llegó Julia. Nos ha entristecido mucho que la depresión tropical nos derribara la mitad del trabajo.

Con don Cuper insistimos que hay que ser muy cuerudos y tercos para hacer la milpa, suspiramos y caemos agotados, “cuesta comer elotes”, me dice.

El tunasmil tiene mayores riesgos que la primera cosecha a causa de las lluvias. Normalmente porque se escasea el agua que cae del cielo, pero esta vez ha sido diferente, las matas cayeron al suelo por la fuerza de la naturaleza.

Nada de eso desanima al agricultor, el próximo año volveremos hacer la primera, la segunda y hasta frijolera como hace mi mamá. Repito que esto es hereditario, mi abuela mandaba hacer milpas y a  primera hora de la mañana se le veía paseando entre los surcos. “Hay que ir a verlas para que estén bonitas”, repetía.

Hacer milpa es como hacer pupusas, cada quien la hace a su manera buscando siempre el mejor resultado. Yo realmente lo disfruto y me siento orgulloso y satisfecho al hacerlo. Sé que sigo aprendiendo desde el primer día y me alegra ahora mucho más porque con mi sudor sustento a mi familia. Y sí, así de romántica es mi realidad campesina.

Ojalá que la vida me conceda hacer más milpas con don Cuper, ojalá que él siga insistiendo en hacer también tunasmil.