viernes, 27 de septiembre de 2019

Comida

Aquí mostraré los frutos producidos en Tamarindo, casasustentable. Las siguientes fotos son una primera entrega del álbum que comienzo a nutrir este septiembre de 2019 y al que he llamado instintivamente Comida. 

Guineos majonchos

Ser sustentable alimentariamente es un reto para mí. Quiero mostrar y compartir esa alegría que me da cuando recojo la fruta o corto de mi huerto las especias para la comida.

Y sí, siempre tengo frutas orgánicas y frescas sobre mi mesa. Puedo desayunar guineos majonchos fritos, hacer unos tostones en el almuerzo y cenar el mismo guineo, pero quizás  asado.

Tengo ahorita arrayanes que es maravilla, los congelo así que tengo para un par de meses. Antier me comí una sincuya, lo sé para algunos suena a fruta exótica y lo es porque cada vez hay menos.

No sé qué es comprar  un limón y últimamente he descubierto lo buena que queda la limonada con hojas de hierba buena.

Si hago una sopa de gallina le puedo echar hijos de piña o jilotes recién cortados. Cuando quiero condimentar mis platillos, una cocina muy creativa por cierto, corro a las matas de albahaca, hierba buena, orégano, romero, alcapate…

También me da gusto tener aquí mismo mi farmacia personalizada. Mi mamá me ha metido en la cabeza que las plantas medicinales que uno necesita crecen en su propio jardín, en su frente. Yo me he creído la fantasía y he aprendido a respetar todo tipo de monte.

Doy fe que me he quitado dolores a puras chuponeadas de agua tibia con orégano y ya ni se diga lo bien que le hace el jengibre a mi rinosinusitis. Nada compro, todo ya está en casa.

Claro, me dedico al jardín al menos dos horas al día. Me digo que es más barato que la terapia.

Arrayanes, pura vitamina C

Como no compartir entonces las fotos de la fruta, que por cierto dependerán del mes; de la temporada. No habrá así repeticiones y al pasar un año tendré mi calendario completo.

O quizás no, porque las condiciones del clima cambian, porque a veces misteriosamente no hay cosechas, porque tus vecinos los pájaros pensaron en ayudarte a comer o porque alimentaste sin saber a un ejército de zompopos.   

Cualquier cosa puede pasar así que mejor no me comprometo. Pero intentaré sumar a este post las fotos de nuevos manjares naturales, espero acordarme.  

Me he comprometido sí a publicar un post en este blog cada mes. El viaje a Perú me aliviano bastante, pero eso ya paso. Es hora de volver a hablar de las cosas que me pasan, de compartir lo que me parece valioso de la vida.

Pensé en escribir de Antigua Guatemala porque fui hace poco, pero recordé que esto no es una guía de viajes. Algo de la independencia quizá, pero me dio gueba.

El acontecer nacional lo hacen ya los medios, a veces también yo lo hago, pero no deja de ser solo mi opinión y a veces me estresa; con el ejercicio de escribir pretendo otra cosa.

Podría haber sido también una recomendación de libro. Y hay uno que voy a recomendar, con el perdón del comercial, se llama “Abril rojo” del autor peruano Santiago Roncagliolo, trata una temática muy peruana, que no aplica para este post, pero que considero de lectura necesaria. 

Como casi se acaba septiembre, me toca obligarme, y como en los viejos tiempos, sentarme frente a la compu, frente a una pantalla blanca, y escribir. Redactar estas ideas que no siempre salen en orden.

Limones, hay indios y pérsicos 

Pues bien, debo decir que me inspira algo que me dijeron recientemente: “escribir es una acción sanadora”. No es que esté doliente, pero es otra fantasía que me gusta creer.

Así que sin tener claro el tema pensé en fotografiar la comida que produzco. Un tema banal y cotidiano, pero también tan básico e indispensable. Un tema del que se me antojo escribir.

Yo cultivo mi comida. No toda, obviamente, pero cada vez traigo menos vegetales del mercado porque tengo en casa varias cosas que necesito.

Han ido apareciendo con el tiempo, hay varios árboles  que han dado sus primeros frutos y estoy en la espera de más. Descubrir un fruto nuevo me dibuja una sonrisa y me hace sentir bien durante toda la jornada.

Al ser sorpresivos, los frutos, se deben cultivar de manera necesariamente alternativa, quiero decir variada. Hay que decidir conscientemente lo que se va a cultivar y lo que no. Observar los procesos, los tiempos, descubrir para qué es buena la tierra donde uno vive.

Yo prácticamente he dejado que árboles y plantas comestibles crezcan a sus anchas. Tengo espacio aun y por eso lo había permitido. Pero debo confesar que últimamente me ha tocado mochar las ramas de los palos que sembré hace nueve años.

Han crecido mucho y tienen que dar espacio a sus hermanos. Un sentimiento de tristeza me invade cuando los podo, así deben sentir los papás cuando les cortan el pelo a sus hijos la primera vez.

No hay buen macarrón sin albahaca

Guanábana

Mi dieta en la última semana

domingo, 11 de agosto de 2019

Peruanismos


El lenguaje es una cosa que me apasiona, las palabras y las formas de expresarnos siempre me han cautivado. Quizá por eso estudio idiomas y quiero entender los significados de palabras nuevas, incluso del mismo español. Hoy les traigo mi último post resultado del viaje al Perú. Una pequeña compilación de un vocabulario que ya no es desconocido.


En Perú no hay aguacates, hay paltas y son bien ricas

Dicen que el español de El Salvador y de Perú es de lo más estándar que hay en América Latina. Pero claro, en ambos países tenemos cientos de palabras que nos identifican y que dejan en la luna a cualquier extranjero.

Llegué a Lima sin prejuicios a la hora de hablar. Como “jalvadoreño” me vi en tierras incas diciendo bolado, cabal, chero… Entonces mis anfitriones aturraron la cara y me preguntaron qué era eso de “chero”.

Les expliqué que lo utilizábamos para referirnos a un amigo o conocido. Pues bien, para evitarme inconvenientes me advirtieron que en Perú eso se podía confundir con “cachero” o “cachera” en su versión femenina y que eso podría resultar ofensivo.

Una mujer cachera en Perú es una fémina a la que le gusta el sexo más de lo normal o que tal vez ejerce el honorable oficio de la prostitución. Dígase lo mismo de un cachero. Creo que lo seguí diciendo pero cada vez recordé que eso se podía prestar a confusión.

Pues bien ese es solo un ejemplo. Aquí les dejo un pequeño listado que hice, espero lo disfruten y quizá les sirva si algún día van por esas tierras.

·         Un Pata / un Causa: es la versión de chero de los peruanos, significa amigo, conocido, alguien. “Habla causa” sería dime amigo. No lo escuché en la versión femenina.

·         Ya pe: significa ya pues. Es muy usado, lo dicen todo el tiempo.

·         Cholo: el significado más certero es mestizo sin embargo tiene muchas interpretaciones y usos. Puede ser un insulto, como que te digan perro, oí a alguien enfadado gritarle a otro “cholo de mierda”. En su versión femenina puede significar empleada doméstica. También tiene su versión de cariño, una madre puede decirle a su hijo “tan lindo mi cholito”.

·         Estar hasta las patas: estar muy cansado.

·         Pituco: gente con dinero.

·         Misio: gente que no tiene dinero.

·         Caserito (a): amiguito (a), es muy usado en ambiente de mercado, “qué va a llevar caserito”.

·         Chibolo: cipote, niño.

·         Al toque: rápido, “se fue al toque”. También puede ser un poco: “espera un toque”.  

·         Huevón: maje, tonto, es muy usado entre los más jóvenes. “Arranca huevón”: vete.

Seguramente hay más peruanismos, estos fueron los que más oí. 

jueves, 4 de julio de 2019

Puno

Esta es la ciudad a mayor altura sobre el nivel del mar en la que me he paseado. Mucho frío y nuevos paisajes. A más de 3800 msnm inclusive me atreví a jugar fútbol y metí un gol. Navegué en el lago Titicaca y conocí la extraña vida de los Uros, quienes habitan sobre islas flotantes para mantener su pureza. Este es el antepenúltimo post sobre mi viaje al Perú. Bienvenides.

Un breve paseo en la Totora cuesta tres dólares. Los Uros viven del turismo

Después de Lima y Cusco, Puno era mi tercer y último gran destino en Perú. Se trata de una ciudad en las alturas de los Andes y a orillas del lago Titicaca; un lugar místico y de mucho folclor.

Quitando los momentos en los que padecí frío intenso puedo decir que mi semana en Puno fue un tiempo de regocijo, casi sagrado, que me permitió sentirme pleno, como un viajero que  se gradúa y va cómodamente descubriendo el mundo. 
  
Mi autobús desde Cusco se demoró ocho horas para llegar. Una mototaxi me llevó hasta la pequeña plaza de armas donde me encontré con mi anfitrión: David es un panameño – español que dejó su vida en Sevilla y desde hace cinco años se ancló en Puno y se dedica a la investigación mística y espiritual.

Festividad a la virgen de la Candelaria es patrimonio cultural inmaterial de la humanidad

De entrada me hallé en una casa de una familia puneña de clase media y muy educada. Me preguntaron sobre política, maras, futbol y otros detalles de El Salvador, no tocó más que hacerla de excelentísimo y plenipotenciario señor embajador, como ya me ha tocado en tantas ocasiones. Después de tomar café nos fuimos a casa.

David vive donde Andrés, este último es profesor de primaria y chamán, pero también es propietario de un hotel en desarrollo a orillas del lago. Es peruano y debe tener unos 60 años. Ha invertido dinero en su negocio y pretende vivir de él, pero le hace falta promoción y personal. A mí me ofreció trabajo pero yo ya tenía una ruta trazada.

Mi hospedaje estaba pues a 12 kilómetros del centro, en un poblado que se llama Ishu. Se trata de una zona rural a la que viene persiguiendo la ciudad. Está sobre la calle que lleva al sur, hacia el municipio de Chucuito. Yo como todo experto hasta de cobrador le hice en los microbuses.

Desde la habitación se dejaba ver el Titicaca. Su inmensidad que lanza destellos, como un espejo gigante donde rebotan los rayos de sol. También había muchas ovejas pastando, se veían casi salvajes pero tenían amarrada una pata. Toda planicie estaba cultivada, principalmente de papas, los cerros son pelones y están llenos de piedras filudas.

Ishu es el nombre de un tipo de maleza muy común en la campiña de Puno

Los agricultores de Ishu me convidaron a jugar fútbol. Acepté, pero cada cinco minutos dejaba de correr y respiraba como si el aire se fuera acabar. Mi corazón se quería salir y me arrepentía de semejante atrevimiento. Dos minutos después volvía a la cancha animado por la sonrisa cómplice de los jornaleros.

Un día antes la selección de fútbol de El Salvador le había ganado de chiripa un partido amistoso a su similar de Perú. Pensé que sería chistoso anotarles un gol y me lo propuse. Sus movimientos eran lentos y realmente creí que podía hacerlo. Aun siendo yo un maleta para ese deporte.

No me lo creo todavía pero les hice el gol. Les grité que era de El Salvador, lo creyeron y les dio más risa. Al final me invitaron a cervezas pero mi cansancio era más grave que las ganas de chupar.

Agricultores lavando cebollas moradas, muy comunes en el menú peruano

Pues bien, después de la instalación en el hotel de campo me dispuse a descubrir la ciudad. Iglesia cerrada, plaza pequeña, un mirador por aquí, un arco por allá… Lo realmente atractivo para los turistas que visitan Puno son las opciones en el lago Titicaca. Yo me conformé con una visita a las islas flotantes de los Uros.

Una isla que flota no se ve todos los días. Los Uros del Titicaca, el pueblo ancestral que habita sobre ellas, no quieren vivir en tierra firme aunque se pasen la vida construyéndose el suelo. Se llama Totora la planta que nace del lago y con la que se tejen las islas.

Ahí donde la Totora brota más tupida se van ellos a tejerla y forman una capa vegetal sobre la que construyen sus viviendas, que son de una sola habitación con paredes y hasta techo de la misma planta. Si veinte personas saltan a la vez la isla se balancea.

Una isla tarda meses en tejerse. Luego se desprende, como un pedazo de un gran pastel de Totora, y se mueve a conveniencia, normalmente junto a  otras islas ya pobladas donde se adhiere de forma natural. Las islas envejecen y se vuelven inhabitables. Cuando llegan a unos 80 años son abandonadas.

La etnia de los Uros se distribuye en el altiplano Andino (Argentina, Bolivia, Chile y Perú, )

Actualmente aseguran que hay más de cien islas y en cada una vive un aproximado de cinco familias. Están organizados para que cada una sea visitada equitativamente por turistas, que llegan los 365 días del año a conocer su  peculiar forma de vida.

Los Uros se dicen que no pertenecen a tierra firme, donde es caro vivir, son discriminados y no se respetan las leyes ancestrales. Afirman que el imperio Inca surgió del fondo del lago Titicaca e insisten en mantenerse lo más cerca posible a ese origen.

Esto a pesar de lo incomodo que a nosotros nos pueda parecer vivir en esas condiciones, donde se sobrevive del turismo y un poco de la pesca y la colecta de huevos de aves.

El sol pega fuerte sobre las islas de los Uros. No pude saber a ciencia cierta cómo le hacen con el sanitario o con la poca basura que podrían generar. Me arrepiento de no haberles comprado la artesanía fea que tanto insistieron en venderme.

Viajando he aprendido a capturar momentos en mi memoria más que a comprar un objeto recuerdo. Hay que viajar livianos para poder ir más cómodos. Los Uros nos demuestran que se puede vivir con poco cuando hay convicciones.

En este viaje me las apañé con  poco equipaje, tres calzoncillos y tres pares de calcetines ¡para un viaje de cinco semanas! Se puede, solo hay que perder la pena y demandar un lugar donde se pueda lavar ropa.

No gasté una pelota de jabón para lavarme la ropa durante cinco semanas