viernes, 10 de mayo de 2019

Cusco


Esta ciudad es el principal destino turístico del Perú. Antes pensaba que esa afirmación era pretenciosa. Ocho días me bastaron para comprender que no es pretensión y que está fundamentado ir exclusivamente a Cusco. Aquí dejo algunos datos para viajeros que más que destinos turísticos buscan experiencias auténticas.

Plaza de Armas de Cusco


Desde Lima hay varias rutas para llegar a Cusco. La más común es volar, el costo de un pasaje ronda los $100. Luego se tienen los autobuses, los hay de todo tipo y precio. La ruta más común es descender hacia el sur, hasta Ica, y luego adentrarse en la cordillera de los Andes.

Los buses normalmente ofrecen tres tipos de acomodaciones que dependen del tamaño del asiento. Así los más caros son las butacas llamadas “camas”, también las hay semicamas o el simple sillón reclinable.

La ruta que había establecido no era vía Ica por lo que no podía tomar uno de esos buses directos que tardan 24 horas en llegar, pensé que sería cansado. Además quería conocer aunque fuera brevemente un par de destinos durante mi camino a Cusco.

Tomé un bus que tardó 10 horas para llegar a Huancayo. Salí a las ocho de la noche, me dormí, como todo mundo, y amanecí como a las cinco de la mañana, ya no a 100 msnm sino a 3400.

El temido mal de altura o soroche no me pegó de inmediato. Lo que me pasó fue que ambos oídos le hicieron “plup, plup” y quedé oyendo de otro modo.

Estuve dos noches en Huancayo una ciudad que me pareció loca a causa de los taxis. Hay cientos y funcionan como transporte público, les llaman colectivos y te cobran baratazo por atravesarte la ciudad.

Yo lo supe después, el primer día caminé mucho y tal como había leído mi cuerpo se puso lento, cansado y adolorido por la falta de oxígeno. Sin embargo, como sabía que mi tiempo ahí era breve, caminé a un par de lugares para aclimatarme.

Eso, más un tecito de hojas de coca resolvió mi problema, hasta  me sentía andino.

Parque de la identidad Huanca

Agarré un bus de día que atravesó más montañas y en ocho horas me llevó hasta Ayacucho. Un lugar histórico donde han ocurrido dos hechos importantes.

En uno de sus valles se desarrolló la más notable batalla de independencia de la corona española y fue además la cuna del movimiento conocido como Sendero Luminoso, ahí fue que mandaron a dar clases a Abimael Guzmán, el fundador de ese grupo que en los años 80 exterminó a miles de peruanos.

Aquí también comprendí la importancia de la papa en la dieta peruana. Vi y degusté la enorme variedad, ahí quizá también me empaché porque desde entonces ya no le hice tan buena cara.

En Ayacucho me hospedé con Severina, una abuelita cuya lengua materna es el quechua, que me abrazó y aconsejó como si fuera de su sangre. Otro bus nocturno me hizo amanecer finalmente en Cusco. Había llegado a la capital histórica de Perú.

Lapapa, lapapa, lapapaaaaa

Entre las montañas de Cusco se estableció el imperio Inca por lo que lo ancestral se percibe en el aire de la ciudad. También las iglesias y palacios coloniales, de estilo barroco y neoclásico, dan la sensación de haber retrocedido en el tiempo.

Cuenta la historia que el líder indígena Manco Capac le ordenó a un ave posarse sobre un peñón para establecer el lugar donde irían a vivir. Cuando el ave aterrizó en la piedra se hizo mojón y a ese mojón en lengua aimara le decían Qusqu. Los españoles lo tradujeron a Cuzco pero desde los años 70, y por lo menos en Perú, la forma más usada es Cusco.

Me hospedé en el Centro Cultural Harijan Mandir, ubicado en la esquina de la calle Nueva Alta y la Queswa. Es un espacio Hare Krishna donde hice voluntariado por una semana y tuve la sensación de compartir con viejos amigos.

El convenio era alojamiento, comida y participación en sus actividades a cambio de ayudar en la preparación y venta de pan. Cuando llegué había al menos 10 personas más. Peruanos, mexicanos, venezolanos, argentinos… a los hombres nos decían prabhús, así yo era el prabhú Eduardo, a las mujeres les decíamos madres.

Había que levantarse a las cinco de la mañana para bañarse y poder empezar cualquier actividad “sin impurezas de entes nocturnos”. A las cinco y media comenzaban a sonar un tambor y unas campanitas en el templo y antes de las seis ya estábamos cantándole a Krishna.

Se preparaba el desayuno y varias latas con empanadas vegetarianas. Debo confesar que está parte de la venta no me simpatizaba mucho pero al final la disfruté y me da risa recordarme pregonando, cual vendedor ambulante, “empanadas calientitas”.

Bailé hasta el cansancio durante el festival de la luna dorada, entramos gratis al Qorikancha para la inauguración de la exposición Matsés: Time Is Life y conocimos un proyecto sobre eco-yoga dirigido por devotos de Krishna.

Me encantaron las llamas

Mis amigos del Centro Cultural Harijan Mandir en el eco-yoga

Tuve la suerte de conocer Pisac, motivado por un amigo venezolano que vivía en ese lugar y me sirvió de guía. Se trata de uno de los tantos pueblitos ubicados en el valle sagrado de los Incas. Puedo decir que esas horas que estuve ahí fueron suficientes para decirme “podría vivir en este lugar”.

El tema en Pisac es la medicina sagrada, muchos llegan ahí buscando la famosa debida indígena llamada Ayahuasca y muchos también son estafados. Nunca me interesé en Ayahuasca pero me dijeron que lo mejor es tomarla en alguna comunidad amazónica y que durante un proceso de integración te la ofrecen como medicina y de forma gratuita.

Pero la gente llega con prisa y en tres días quieren sí o sí darse el viaje con Ayahuasca y pues siempre hay una gente lista que ofrece los productos que la otra gente necesita.

A mí me dieron a probar unas gotas para los ojos que se llaman Sananga, son la esencia de una planta amazónica que es usada para sanar y mejorar la vista. Como no tengo ningún problema visual no sé cómo le habrá ido.

Pues algo similar a la locura del Ayahuasca sucede con las ruinas de Machu Pichu y la montaña de siete colores. El turismo es sin duda una actividad primordial en Cusco por lo que se presta para los abusos y estafadores.

Machu Pichu está a 130 kilómetros de Cusco, la entrada al parque cuesta más de 60 dólares y se mantiene atestado de turistas que por obligación se hacen acompañar de un guía. Así que la gracia de estar cuatro horas en ese lugar sale como en $150. Para mí eso es caro y prefiero disfrutar ese dinero de otra manera. No fui y no tengo ningún resentimiento al respecto.

La montaña de colores no está tan lejos, pero lo siento por ustedes si llegan a la cumbre y hay neblina. Me explicaron que esa montaña era antes un nevado y que tras su derretimiento salieron a la luz los colores y los contaron. Yo vi muchos cerros de colores desde que salí de Huancayo, así que tampoco fui. 

Descubriendo algún rincón de la ciudad de Cusco

En Cusco comí rocoto relleno, la versión de nuestros chiles rellenos, que los venden en la calle, son baratos y deliciosos. Comí choclo con queso y trucha. Con los hare Krishna me reafirmé lo delicioso que se puede comer de forma vegetariana. Mi viaje continuó siendo más gastronómico, mi estómago y mi bolsillo estaban contentos.

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