jueves, 4 de julio de 2019

Puno

Esta es la ciudad a mayor altura sobre el nivel del mar en la que me he paseado. Mucho frío y nuevos paisajes. A más de 3800 msnm inclusive me atreví a jugar fútbol y metí un gol. Navegué en el lago Titicaca y conocí la extraña vida de los Uros, quienes habitan sobre islas flotantes para mantener su pureza. Este es el antepenúltimo post sobre mi viaje al Perú. Bienvenides.

Un breve paseo en la Totora cuesta tres dólares. Los Uros viven del turismo

Después de Lima y Cusco, Puno era mi tercer y último gran destino en Perú. Se trata de una ciudad en las alturas de los Andes y a orillas del lago Titicaca; un lugar místico y de mucho folclor.

Quitando los momentos en los que padecí frío intenso puedo decir que mi semana en Puno fue un tiempo de regocijo, casi sagrado, que me permitió sentirme pleno, como un viajero que  se gradúa y va cómodamente descubriendo el mundo. 
  
Mi autobús desde Cusco se demoró ocho horas para llegar. Una mototaxi me llevó hasta la pequeña plaza de armas donde me encontré con mi anfitrión: David es un panameño – español que dejó su vida en Sevilla y desde hace cinco años se ancló en Puno y se dedica a la investigación mística y espiritual.

Festividad a la virgen de la Candelaria es patrimonio cultural inmaterial de la humanidad

De entrada me hallé en una casa de una familia puneña de clase media y muy educada. Me preguntaron sobre política, maras, futbol y otros detalles de El Salvador, no tocó más que hacerla de excelentísimo y plenipotenciario señor embajador, como ya me ha tocado en tantas ocasiones. Después de tomar café nos fuimos a casa.

David vive donde Andrés, este último es profesor de primaria y chamán, pero también es propietario de un hotel en desarrollo a orillas del lago. Es peruano y debe tener unos 60 años. Ha invertido dinero en su negocio y pretende vivir de él, pero le hace falta promoción y personal. A mí me ofreció trabajo pero yo ya tenía una ruta trazada.

Mi hospedaje estaba pues a 12 kilómetros del centro, en un poblado que se llama Ishu. Se trata de una zona rural a la que viene persiguiendo la ciudad. Está sobre la calle que lleva al sur, hacia el municipio de Chucuito. Yo como todo experto hasta de cobrador le hice en los microbuses.

Desde la habitación se dejaba ver el Titicaca. Su inmensidad que lanza destellos, como un espejo gigante donde rebotan los rayos de sol. También había muchas ovejas pastando, se veían casi salvajes pero tenían amarrada una pata. Toda planicie estaba cultivada, principalmente de papas, los cerros son pelones y están llenos de piedras filudas.

Ishu es el nombre de un tipo de maleza muy común en la campiña de Puno

Los agricultores de Ishu me convidaron a jugar fútbol. Acepté, pero cada cinco minutos dejaba de correr y respiraba como si el aire se fuera acabar. Mi corazón se quería salir y me arrepentía de semejante atrevimiento. Dos minutos después volvía a la cancha animado por la sonrisa cómplice de los jornaleros.

Un día antes la selección de fútbol de El Salvador le había ganado de chiripa un partido amistoso a su similar de Perú. Pensé que sería chistoso anotarles un gol y me lo propuse. Sus movimientos eran lentos y realmente creí que podía hacerlo. Aun siendo yo un maleta para ese deporte.

No me lo creo todavía pero les hice el gol. Les grité que era de El Salvador, lo creyeron y les dio más risa. Al final me invitaron a cervezas pero mi cansancio era más grave que las ganas de chupar.

Agricultores lavando cebollas moradas, muy comunes en el menú peruano

Pues bien, después de la instalación en el hotel de campo me dispuse a descubrir la ciudad. Iglesia cerrada, plaza pequeña, un mirador por aquí, un arco por allá… Lo realmente atractivo para los turistas que visitan Puno son las opciones en el lago Titicaca. Yo me conformé con una visita a las islas flotantes de los Uros.

Una isla que flota no se ve todos los días. Los Uros del Titicaca, el pueblo ancestral que habita sobre ellas, no quieren vivir en tierra firme aunque se pasen la vida construyéndose el suelo. Se llama Totora la planta que nace del lago y con la que se tejen las islas.

Ahí donde la Totora brota más tupida se van ellos a tejerla y forman una capa vegetal sobre la que construyen sus viviendas, que son de una sola habitación con paredes y hasta techo de la misma planta. Si veinte personas saltan a la vez la isla se balancea.

Una isla tarda meses en tejerse. Luego se desprende, como un pedazo de un gran pastel de Totora, y se mueve a conveniencia, normalmente junto a  otras islas ya pobladas donde se adhiere de forma natural. Las islas envejecen y se vuelven inhabitables. Cuando llegan a unos 80 años son abandonadas.

La etnia de los Uros se distribuye en el altiplano Andino (Argentina, Bolivia, Chile y Perú, )

Actualmente aseguran que hay más de cien islas y en cada una vive un aproximado de cinco familias. Están organizados para que cada una sea visitada equitativamente por turistas, que llegan los 365 días del año a conocer su  peculiar forma de vida.

Los Uros se dicen que no pertenecen a tierra firme, donde es caro vivir, son discriminados y no se respetan las leyes ancestrales. Afirman que el imperio Inca surgió del fondo del lago Titicaca e insisten en mantenerse lo más cerca posible a ese origen.

Esto a pesar de lo incomodo que a nosotros nos pueda parecer vivir en esas condiciones, donde se sobrevive del turismo y un poco de la pesca y la colecta de huevos de aves.

El sol pega fuerte sobre las islas de los Uros. No pude saber a ciencia cierta cómo le hacen con el sanitario o con la poca basura que podrían generar. Me arrepiento de no haberles comprado la artesanía fea que tanto insistieron en venderme.

Viajando he aprendido a capturar momentos en mi memoria más que a comprar un objeto recuerdo. Hay que viajar livianos para poder ir más cómodos. Los Uros nos demuestran que se puede vivir con poco cuando hay convicciones.

En este viaje me las apañé con  poco equipaje, tres calzoncillos y tres pares de calcetines ¡para un viaje de cinco semanas! Se puede, solo hay que perder la pena y demandar un lugar donde se pueda lavar ropa.

No gasté una pelota de jabón para lavarme la ropa durante cinco semanas